kmf "kmf"

Arte con T

FINALISTAS DEL 3er CONCURSO FOTOGRAFICO GASTRONOMICO ALIMENTARIO

sábado, septiembre 21st, 2013

03 Kaifeng Imperial C
Una de cal y una de arena. Finalizando una semana tremenda, la Maga Marcela Casarino me da la gran noticia de que salió Finalista en el 3° CONCURSO FOTOGRAFICO GASTRONOMICO ALIMENTARIO de la Asociación Gastronómica Alimentaria NOUVELLE GASTRONOMIE con Kaifeng Imperial de DaCha Russkiĭ Sekret. Tengo que admitir que casi la obligué a participar (y no me equivoqué). Felicidades, Maga querida; te amo y te admiro.

EL CORAZÓN DE LA CASA

martes, septiembre 17th, 2013

2ef85f35ca7e

Me gusta pensar en el samovar como el corazón de la casa. Un samovar podía proveer agua caliente durante todo el día para un té u otras bebidas. Un samovar, también, podía ser la estufa cálida hacia la que extender las manitas. FELIZ INVIERNO, TODAVÍA. Ya pensaron qué blend se van a preparar?

La obra de hoy: Samovar. Ivan Lavrentyevich Gorojov (Rusia, 1863-1934).

TENER Y SER

lunes, septiembre 9th, 2013

Черепичный пиджак, новая полосатая шляпа, а ты грустишь…». 40х50, картон, масло,
«Saco a cuadros, flamante sombrero a rayas y estás triste…»

Y sí, a veces uno tiene de todo y está triste.
Escucho a mi «padre» gestáltico diciéndole al «niño» de mi hija que no puede estar triste porque tiene tantas cosas…
Después, invoco a mi «adulto» y le doy un discurso más constructivo y, creo, más saludable: es afortunada porque es sana, amada, deseada, educada, abrigada, nutrida.

‘Vivimos en un mundo en el que es muy fácil caer en la trampa de confundir el ser con el tener’, reflexiono, mientras me tomo el último vaso de té de la noche. Hasta mañana, queridos todos.

La obra de hoy: Черепичный пиджак, новая полосатая шляпа, а ты грустишь…». 40х50, картон, масло,

TÉ, LIMÓN Y VIEJOS LIBROS

viernes, septiembre 6th, 2013

Воробьева Ольга. А завтра...послезавтра...точно на диету

Otra linda canción para el año nuevo. Arik Einstein, considerado el gran cantante de la historia israelí, escribió «Me encanta estar en casa» en 1986, antes de la Primera Intifada. A veces me pregunto por qué pedir paz y un hogar al que volver suena a pretender demasiado. ¿Será que necesitamos tanto de todo? De nuevo, aparece la vieja dicotomía: tener vs ser. Pensemos.
La imagen que elegí es de la artista rusa Olga Vorovyeva «Y mañana… pasado mañana… sólo dieta» (А завтра… послезавтра… точно на диетуу).

ME ENCANTA ESTAR EN CASA (אוהב להיות בבית)
Hay personas que escalan montañas;
hay personas que hacen paracaidismo desde grandes alturas;
hay personas que montan caballos;
y están los que devoran grandes distancias.

Pero yo… a mí me encanta estar en casa
con té y limón y los viejos libros.
Me encanta estar en casa,
con el mismo amante y los mismos hábitos.

Hay personas que cazan leopardos;
hay personas que bucean en busca de perlas;
hay personas que construyen torres;
y están los que ayunan durante meses.

Pero yo… a mí me encanta estar en casa
con té y limón y los viejos libros.
Me encanta estar en casa
con el mismo amante y las mismas costumbres.

Hay gente que está siempre buscando;
hay gente que está siempre descubriendo;
Hay gente que persigue la grandeza,
que nunca renuncia a nada, que siempre lo quiere todo.

Pero yo… a mí me encanta estar en casa
con té y limón y los viejos libros.
Me encanta estar en casa
con el mismo amante y las mismas costumbres.

יש אנשים שמטפסים על הרים
יש אנשים שצונחים מגבהים
יש אנשים שרוכבים על סוסים
ויש כאלה שגומאים מרחקים

אבל אני אוהב להיות בבית
עם התה והלימון והספרים הישנים
כן, אני אוהב להיות בבית
עם אותה האהובה ועם אותם ההרגלים
אוהב להיות בבית

יש אנשים שצדים נמרים
יש אנשים שדולים פנינים
יש אנשים שבונים מגדלים
ויש כאלה שצמים חודשים

אבל אני…

יש אנשים שתמיד מחפשים
יש אנשים שתמיד מגלים
יש אנשים שהולכים בגדול
לא מוותרים ורוצים את הכל

אבל אני…

UN AÑO DULCE Y UNA BUENA RÚBRICA

miércoles, septiembre 4th, 2013

Rosh Hashanah

A los amigos de la comunidad judía y no judía: SHANÁ TOVÁ UMETUKÁ. Mi deseo para todos es que elijamos buenos caminos, que seamos más responsables y caritativos, que hagamos lo que corresponde, que nos amemos más unos a otros (el prójimo son tanto el igual como el diferente), que pidamos perdón sincero a quienes lastimamos y que perdonemos a quienes nos hayan lastimado y que podamos reconciliarnos. Vamos por una vuelta más alrededor del sol, que tengan un año bueno y dulce y que obtengan una linda inscripción con una hermosa rúbrica en el Libro de la Vida. A GUIT IUR!!!

La imagen que elegí para hoy se llama «Meditación de Rosh ha Shana» y es una obra del artista y rabino Michoel Muchnik. Lindo darse una vueltita por su página.

LA MAGDALENA DE PROUST

martes, septiembre 3rd, 2013

magdalenas de proust - alexandra nea
Hace frío, nuevamente. Para Proust, la magdalena. Para mí, la chocolina Como sea, y aunque no sea muy protocolar, no se priven de lo que les gustaba en la infancia. Es reparador, es sanador y nos deja el sabor de que nuestros recuerdos más queridos estarán siempre vivos en algún lugarcito de nuestro ser. Les dejo una reseña y, por supuesto, el famoso pasaje de «la magdalena mojada en el té». Prepárense un rico DaCha (un Old lavender 1932, en mi taza, ya).

LA MAGDALENA DE PROUST: Es como se denomina al proceso de evocar momentos del pasado a partir de un objeto, acto, sabor, color u olor desencadenantes del recuerdo. Por el camino de Swann (en francés, Du côté de chez Swann) es el pimer volumen, publicado en 1913, de los siete que componen «En busca del tiempo perdido» (À la recherche du temps perdu), la experimental obra de Marcel Proust.

La primera parte de este volumen contiene el célebre episodio de la magdalena mojada en el té caliente por el protagonista, cuyo gusto supone para éste la recuperación epifánica de un recuerdo infantil hasta entonces perdido: el recuerdo de los pedacitos de magdalena humedecidos en té que su inválida tía-abuela Léonie le daba cuando, siendo un niño, pasaba con su familia las vacaciones en Combray. Este episodio contiene en su totalidad la teoría proustiana sobre el espacio, el tiempo y la memoria (claramente influida por las teorías del filósofo francés Henri Bergson), cuyos resortes, según Proust, sólo se ponen en funcionamiento a través de los sentidos más primarios, siendo en esta experiencia el individuo un sujeto absolutamente pasivo y siendo la naturaleza de los recuerdos involuntarios que de ella se derivan absolutamente auténtica, objetiva y procuradora de felicidad y plenitud, en tanto en cuanto dichos recuerdos se hallan desprovistos de la subjetividad engañosa que caracteriza nuestras percepciones cotidianas en sociedad.

«Hacía ya muchos años que, de Combray, sólo quedaba en mí todo lo que había sido el teatro y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que tenía frío, me propuso tomar, contra mi costumbre, un poco de té. Me negué primero y, no sé por qué, me desdije. Ella mandó buscar una de esas tortas bajitas y regordetas llamadas magdalenas cuyos moldes parecen haber sido valvas ranuradas de veneras de peregrino. Y, en seguida, mecánicamente, agobiado por la insulsa jornada y ante la perspectiva de un triste día por venir, llevé hasta mis labios una cucharada de té en la que había dejado ablandar un pedacito de magdalena. Pero en el instante mismo en que el sorbo mezclado con las migas de la torta tocó mi paladar, me estremecí, atento a lo que pasaba de extraordinario en mí. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin la noción de su causa. Había vuelto, en un instante, las vicisitudes de la vida, indiferentes, sus desastres, inofensivos, su brevedad, ilusoria, de la misma manera en que opera el amor, llenándome de una esencia preciosa: o tal vez esa esencia no estaba en mí, era yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde había podido venirme esta poderosa alegría? Sentía que estaba ligada al gusto del té y de la torta, pero que lo sobrepasaba infinitamente, que no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde aprehenderla? Bebo un segundo sorbo en el que encuentro casi lo mismo que en el primero, un tercero que me aporta un poco menos que el segundo. Es tiempo de parar, la virtud de la poción parece disminuir. Es claro que la verdad que busco no está en ella sino en mí. Ella la despertó en mí, pero no la conoce, y no puede más que repetir indefinidamente, cada vez con menos fuerza, este mismo testimonio que no sé interpretar y que quiero, al menos, poder volver a preguntarle y reencontrar intacto, a mi disposición, de inmediato, para un esclarecimiento decisivo. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi mente. Es ella quien tiene que encontrar la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre cuando la mente se siente desbordada de sí; cuando ella, la que busca, es a la vez el país oscuro en donde debe buscar y en donde todo su bagaje no le servirá de nada. ¿Buscar? No solamente: crear. Está frente a algo que no es todavía y que sólo ella puede realizar, luego de hacer entrar en su luz.
Y me vuelvo a preguntar cuál podía ser ese estado desconocido, que no aportaba ninguna prueba lógica, pero sí la evidencia de su felicidad, de su realidad delante de la cual las otras se desvanecían. Quiero intentar hacerlo reaparecer. Me retrotraigo con el pensamiento al momento en que tomé la primera cucharada de té. Encuentro el mismo estado, sin una claridad nueva. Le pido a mi mente un esfuerzo mayor, traer una vez más la sensación que huye. Y, para que nada interrumpa el impulso con que va a tratar de atraparla, aparto todo obstáculo, toda idea extraña, protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la habitación vecina. Pero al sentir que mi mente se cansa sin éxito, la obligo, al contrario, a esa distracción que le negaba, a pensar en otra cosa, a restablecerse antes de una tentativa superior. Luego, por segunda vez, hago el vacío en ella, y le pongo delante el sabor aún reciente de ese primer sorbo, y siento estremecerse en mí algo que se desplaza, que querría elevarse, algo que había soltado el ancla a una gran profundidad; no sé lo que es, pero sube lentamente; siento la resistencia y escucho el rumor de las distancias atravesadas.
Cierto, lo que así palpita en el fondo de mí, debe ser la imagen, el recuerdo visual, que, ligado a ese sabor, intenta seguirlo hasta mí. Pero se debate demasiado lejos, demasiado confusamente; apenas si percibo el reflejo neutro donde se confunde el inasible torbellino de los colores removidos; pero no puedo distinguir la forma, pedirle, en tanto único intérprete posible, que me traduzca el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero, el sabor, pedirle que me enseñe de qué circunstancia particular, de qué época del pasado se trata.
¿Llegará hasta la superficie de mi clara conciencia ese recuerdo, ese instante pasado que la atracción de un instante idéntico ha venido de tan lejos a provocar, a conmocionar, a sublevar todo en el fondo de mi alma? No sé. Ahora no siento nada más, se detuvo, volvió a descender, quizás; ¿quién sabe si otra vez subirá desde su noche? Diez veces necesito recomenzar, inclinarme sobre él. Y cada vez la cobardía que nos desvía de toda empresa difícil, de toda obra importante, me aconseja dejarlo, beber mi té pensando simplemente en mis problemas de hoy, en mis anhelos para mañana que se dejan rumiar sin dificultad.
Y, de pronto, el recuerdo apareció. Ese gusto era el del trocito de magdalena que el domingo a la mañana en Combray (porque yo no salía hasta la hora de la misa), cuando iba a decirle buen día a su habitación, tía Léonie me daba después de haberlo embebido en su infusión de té o de tilo. La vista de la pequeña magdalena no me había recordado nada antes de haberla probado; quizás porque habiéndolas visto a menudo, desde entonces, sin comerlas, en los estantes de las confiterías, su imagen se había alejado de aquellos días de Combray para ligarse a otros más recientes; quizá porque, de esos recuerdos abandonados tanto tiempo fuera de la memoria, nada sobrevivía, todo se había disuelto; las formas –y también la de la pequeña valva de confitería, tan generosamente sensual bajo su plisado severo y devoto- se habían borrado o, simplemente, habían perdido la fuerza de expansión que les hubiera permitido volver a la conciencia. Pero, cuando de un antiguo pasado no queda nada, después de la muerte de los seres, después de la destrucción de las cosas, solamente el olor y el sabor, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, continúan aún vivos mucho tiempo, como almas, para recordar, para esperar, para anhelar, sobre las ruinas de todo lo demás, para llevar consigo sin desfallecer, en su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo.
Y cuando reconocí el gusto del pedacito de magdalena mojado en té que me daba mi tía (aunque no supiera todavía y debiera descubrir, más adelante, por qué ese recuerdo me daba tanta felicidad), enseguida la vieja casa que daba a la calle, donde estaba su habitación, vino como un decorado de teatro a sumarse al pequeño pabellón que daba al jardín, que se había construido para mis padres en la parte de atrás (esa parte separada del resto que era lo único que yo recordaba); y con la casa, la ciudad, desde la mañana hasta la noche y en todos los tiempos, la plaza adonde me mandaban antes de almorzar, las calles por donde iba a hacer los mandados, los caminos que tomaba si hacía buen tiempo. Y, como en ese juego en que los japoneses se entretienen metiendo en un bol de porcelana lleno de agua, pequeños pedacitos de papel hasta ese momento indistintos que, apenas sumergidos, se estiran, se retuercen, se colorean, se diferencian, se convierten en flores, casas, personajes consistentes y reconocibles, lo mismo ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann, y los nenúfares del Vivonne, y las buenas gentes del pueblo y sus casitas y la iglesia y todo Combray y alrededores, todo lo que toma forma y solidez, salió, ciudad y jardines, de mi taza de té.»

Imagen: Alexandra Nea.

UN TÉ PARA APRENDER A MIRARNOS A LA CARA

lunes, agosto 26th, 2013

A_Storm_and_a_Whisper_by_curiousmoth
Tomar té y leer, siempre ayudan. No importa de qué tamaño sea la tempestad ni nuestro modo de percibirla. Buenas noches.

LAS CARAS DE LA MEDALLA

A la que un día lo leerá, ya tarde como siempre.

Las oficinas del CERN daban a un pasillo sombrío, y a Javier le gustaba salir de su despacho y fumar un cigarrillo yendo y viniendo, imaginando a Mireille detrás de la puerta de la izquierda. Era la cuarta vez en tres años que iba a trabajar como temporero a Ginebra, y a cada regreso Mireille lo saludaba cordialmente, lo invitaba a tomar té a las cinco con otros dos ingenieros, una secretaria y un mecanógrafo poeta y yugoslavo. Nos gustaba el pequeño ritual porque no era diario y por tanto mecánico; cada tres o cuatro días, cuando nos encontrábamos en un ascensor o en el pasillo, Mireille lo invitaba a reunirse con sus colegas a la hora del té que improvisaban sobre su escritorio. Tal vez Javier le caía simpático porque no disimulaba su aburrimiento y sus ganas de terminar el contrato y volverse a Londres. Era difícil saber por qué lo contrataban, en todo caso los colegas de Mireille se sorprendían ante su desprecio por el trabajo y la leve música del transistor japonés con que acompañaba sus cálculos y sus diseños. Nada parecía acercarnos en ese entonces, Mireille se quedaba horas y horas en su escritorio y era inútil que Javier intentara cábalas absurdas para verla salir después de treinta y tres idas y venidas por el pasillo; pero si hubiera salido, sólo habrían cambiado un par de frases cualquiera sin que Mireille imaginara que él se paseaba con la esperanza de verla salir, así como él se paseaba por juego, por ver si antes de treinta y tres Mireille o una vez más fracaso. Casi no nos conocíamos, en el CERN casi nadie se conoce de veras, la obligación de coexistir tantas horas por semana fabrica telarañas de amistad o enemistad que cualquier viento de vacaciones o de cesantía manda al diablo. A eso jugamos durante esas dos semanas que volvían cada año, pero para Javier el retorno a Londres era también Eileen y una lenta, irrestañable degradación de algo que alguna vez había tenido la gracia del deseo y el goce, Eileen gata trepada a un barrilete, saltarina de garrocha sobre el hastío y la costumbre. Con ella había vivido un safari en plena ciudad, Eileen lo había acompañado a cazar antílopes en Piccadilly Circus, a encender hogueras de vivac en Hampstead Heath, todo se había acelerado como en las películas mudas hasta una última carrera de amor en Dinamarca, o había sido en Rumania, de pronto las diferencias siempre conocidas y negadas, las cartas que cambian de posición en la baraja y modifican las suertes, Eileen prefiriendo el cine a los conciertos o viceversa, Javier yéndose solo a buscar discos porque Eileen tenía que lavarse el pelo, ella que sólo se lo había lavado cuando realmente no había otra cosa que hacer, protestando contra la higiene y por favor enjuagame la cara que tengo champú en los ojos. El primer contrato del CERN había llegado cuando ya nada quedaba por decirse salvo que el departamento de Earl’s Court seguía allí con las rutinas matinales, el amor como la sopa o el Times, como tía Rosa y su cumpleaños en la finca de Bath, las facturas del gas. Todo eso que era ya un turbio vacío, un presente pasado de contradictorias recurrencias, llenaba el ir y venir de Javier por el pasillo de las oficinas, veinticinco, veintiséis, veintisiete, tal vez antes de treinta la puerta y Mireille y hola, Mireille que iría a hacer pipí o a consultar un dato con el estadígrafo inglés de patillas blancas, Mireille morena y callada, blusa hasta el cuello donde algo debía latir despacio, un pajarito de vida sin demasiados altibajos, una madre lejana, algún amor desdichado y sin secuelas, Mireille ya un poco solterona, un poco oficinista pero a veces silbando un tema de Mahler en el ascensor, vestida sin capricho, casi siempre de pardo o de traje sastre, una edad demasiado puesta, una discreción demasiado hosca.
Sólo uno de los dos escribe esto pero es lo mismo, es como si lo escribiéramos juntos aunque ya nunca más estaremos juntos, Mireille seguirá en su casita de las afueras ginebrinas, Javier viajará por el mundo y volverá a su departamento de Londres con la obstinación de la mosca que se posa cien veces en un brazo, en Eileen. Lo escribimos como una medalla es al mismo tiempo su anverso y su reverso que no se encontrarán jamás, que sólo se vieron alguna vez en el doble juego de espejos de la vida. Nunca podremos saber de verdad cuál de los dos es más sensible a esta manera de no estar que para él y para ella tiene el otro. Cada uno de su lado, Mireille llora a veces mientras escucha un determinado quinteto de Brahms, sola al atardecer en su salón de vigas oscuras y muebles rústicos, al que por momentos llega el perfume de las rosas del jardín. Javier no sabe llorar, sus lágrimas eligen condensarse en pesadillas que lo despiertan brutalmente junto a Eileen, de las que se despoja bebiendo coñac y escribiendo textos que no contienen forzosamente las pesadillas aunque a veces sí, a veces las vuelca en inútiles palabras y por un rato es el amo, el que decide lo que será dicho o lo que resbalará poco a poco al falso olvido de un nuevo día.
________________________________________

A nuestra manera los dos sabemos que hubo un error, una equivocación restañable pero que ninguno fue capaz de restañar. Estamos seguros de no habernos juzgado nunca, de simplemente haber aceptado que las cosas se daban así y que no se podía hacer más que lo que hicimos. No sé si pensamos entonces en cosas como el orgullo, la renuncia, la decepción, si solamente Mireille o solamente Javier las pensaron mientras el otro las aceptaba como algo fatal, sometiéndose a un sistema que los abarcaba y los sometía, es demasiado fácil ahora decirse que todo pudo depender de una rebeldía instantánea, de encender el velador al lado de la cama cuando Mireille se negaba, de guardar a Javier a su lado toda la noche cuando él buscaba ya sus ropas para volver a vestirse; es demasiado fácil echarle la culpa a la delicadeza, a la imposibilidad de ser brutal u obstinado o generoso. Entre seres más simples o más ignorantes eso no hubiera sucedido así, acaso una bofetada o un insulto hubieran contenido la caridad y el justo camino que el decoro nos vedó cortésmente. Nuestro respeto venía de una manera de vivir que nos acercó como las caras de la medalla; lo aceptamos cada cual de su lado, Mireille en un silencio de distancia y renuncia, Javier murmurándole su esperanza ya ridícula, callándose por fin en mitad de una frase, en mitad de una última carta. Y después de todo sólo nos quedaba, nos queda la lúgubre tarea de seguir siendo dignos, de seguir viviendo con la vana esperanza de que el olvido no nos olvide demasiado.
Un mediodía nos encontramos en casa de Mireille, casi como por obligación ella lo había invitado a almorzar con otros colegas, no podía dejarlo de lado cuando Gabriela y Tom habían aludido al almuerzo mientras tomaban el té en su oficina, y Javier había pensado que era triste que Mireille lo invitara por una simple presión social pero había comprado una botella de Jack Daniel’s y conocido la cabaña de las afueras de Ginebra, el pequeño rosedal y el barbecue donde Tom oficiaba entre cócteles y un disco de los Beatles que no era de Mireille, que ciertamente no estaba en la severa discoteca de Mireille pero que Gabriela había echado a girar porque para ella y Tom y medio CERN el aire era irrespirable sin esa música. No hablamos mucho, en algún momento Mireille lo llevó por el rosedal y él le preguntó si le gustaba Ginebra y ella le contestó con sólo mirarlo y encogerse de hombros, la vio afanarse con platos y vasos, le oyó decir una palabrota porque una chispa en la mano, los fragmentos se iban reuniendo y tal vez fue entonces que la deseó por primera vez, el mechón de pelo cruzándole la frente morena, los blue-jeans marcándole la cintura, la voz un poco grave que debía saber cantar lieder, decir las cosas importantes como un simple murmullo musgoso. Volvió a Londres al fin de la semana y Eileen estaba en Helsinki, un papel sobre la mesa informaba de un trabajo bien pagado, tres semanas, quedaba un pollo en la heladera, besos.
La vez siguiente el CERN ardía en una conferencia de alto nivel, Javier tuvo que trabajar de veras y Mireille pareció tenerle lástima cuando él se lo dijo lúgubremente entre el quinto piso y la calle; le propuso ir a un concierto de piano, fueron, coincidieron en Schubert pero no en Bartok, bebieron en un cafecito casi desierto, ella tenía un viejo auto inglés y lo dejó en su hotel, él le había traído un disco de madrigales y fue bueno saber que no lo conocía, que no sería necesario cambiarlo. Domingo y campo, la transparencia de una tarde casi demasiado suiza, dejamos el auto en una aldea y anduvimos por los trigales, en algún momento Javier le contó de Eileen, así por contarlo, sin necesidad precisa, y Mireille lo escuchó callada, le ahorró la compasión y los comentarios que sin embargo él hubiera querido de alguna manera porque esperaba de ella algo que empezara a parecerse a lo que sentía, su deseo de besarla dulcemente, de apoyarla contra el tronco de un árbol y conocer sus labios, toda su boca. Casi no hablamos de nosotros a la vuelta, nos dejábamos ir por los senderos que proponían sus temas a cada recodo, los setos, las vacas, un cielo con nubes plateadas, la tarjeta postal del buen domingo. Pero cuando bajamos corriendo una cuesta entre empalizadas, Javier sintió la mano de Mireille cerca de la suya y la apretó y siguieron corriendo como si se impulsaran mutuamente, y ya en el auto Mireille lo invitó a tomar el té en su cabaña, le gustaba llamarla cabaña porque no era una cabaña pero tenía tanto de cabaña, y escuchar discos. Fue un alto en el tiempo, una línea que cesa de pronto en el ritmo del dibujo antes de recomenzar en otra parte del papel, buscando una nueva dirección.
Hicimos un balance muy claro esa tarde: Mahler sí, Brahms sí, la edad media en conjunto sí, jazz no (Mireille), jazz sí (Javier). Del resto no hablamos, quedaban por explorar el renacimiento, el barroco, Pierre Boulez, John Cage (pero Mireille no Cage, eso era seguro aunque no hubieran hablado de él, y probablemente Boulez músico no, aunque director sí, esos matices importantes). Tres días después fuimos a un concierto, cenamos en la ciudad vieja, había una postal de Eileen y una carta de la madre de Mireille pero no hablamos de ellas, todo era todavía Brahms y un vino blanco que a Brahms le hubiera gustado porque estábamos seguros de que el vino blanco tenía que haberle gustado a Brahms. Mireille lo dejó en el hotel y se besaron en las mejillas, quizá no demasiado rápido como cuando en las mejillas, pero en las mejillas. Esa noche Javier contestó la postal de Eileen, y Mireille regó sus rosas bajo la luna, no por romanticismo porque nada tenía de romántica, sino porque el sueño tardaba en venir.
Faltaba la política, salvo comentarios aislados que mostraban poco a poco nuestras diferencias parciales. Tal vez no habíamos querido afrontarla, tal vez cobardemente; el té en la oficina desató la cosa, el mecanógrafo poeta golpeó duro contra los israelíes, Gabriela los encontró maravillosos, Mireille dijo solamente que estaban en su derecho y qué demonios, Javier le sonrió sin ironía y observó que exactamente lo mismo podía decirse de los palestinos. Tom estaba por un arreglo internacional con cascos azules y el resto de la farándula, lo demás fue té y previsiones sobre la semana de trabajo. Alguna vez hablaríamos en serio de todo eso, ahora solamente nos gustaba mirarnos y sentirnos bien, decirnos que dentro de poco tendríamos una velada Beethoven en el Victoria Hall; de ella hablamos en la cabaña, Javier había traído coñac y un juguete absurdo que según él tenía que gustarle muchísimo a Mireille pero que ella encontró sumamente tonto aunque lo mismo lo puso en un estante después de darle cuerda y contemplar amablemente sus contorsiones. Esa tarde fue Bach, fue el violonchelo de Rostropovich y una luz que descendía poco a poco como el coñac en las burbujas de las copas. Nada podía ser más nuestro que ese acuerdo de silencio, jamás habíamos necesitado alzar un dedo o callar un comentario; sólo después, con el gesto de cambiar el disco, entraban las primeras palabras. Javier las dijo mirando al suelo, preguntó simplemente si alguna vez le sería dado saber lo que ella ya sabía de él, su Londres y su Eileen de ella.
Sí, claro que podía saber pero no, en todo caso no ahora. Alguna vez, de joven, nada que contar salvo que bueno, había días en que todo pesaba tanto. En la penumbra Javier sintió que las palabras le llegaban como mojadas, un instantáneo ceder pero secándose ya los ojos con el revés de la manga sin darle tiempo a preguntar más o a pedirle perdón. Confusamente la rodeó con un brazo, buscó su cara que no lo rechazaba pero que estaba como en otra parte, en otro tiempo. Quiso besarla y ella resbaló de lado murmurando una excusa blanda, otro poco de coñac, no había que hacerle caso, no había que insistir.
Todo se mezcla poco a poco, no nos acordaríamos en detalle del antes o el después de esas semanas, el orden de los paseos o los conciertos, las citas en los museos. Acaso Mireille hubiera podido ordenar mejor las secuencias, Javier no hacía más que poner sus pocas cartas boca arriba, la vuelta a Londres que se acercaba, Eileen, los conciertos, descubrir por una simple frase la religión de Mireille, su fe y sus valores precisos, eso que en él no era más que esperanza de un presente casi siempre derogado. En un café, después de pelearnos riendo por una cuestión de quién pagaría, nos miramos como viejos amigos, bruscamente camaradas, nos dijimos palabrotas privadas de sentido, zarpas de osos jugando. Cuando volvimos a escuchar música en la cabaña había entre nosotros otra manera de hablar, otra familiaridad de la mano que empujaba una cintura para franquear la puerta, el derecho de Javier de buscar por su cuenta un vaso o pedir que Telemann no, que primero Lotte Lehmann y mucho, mucho hielo en el whisky. Todo estaba como sutilmente trastrocado, Javier lo sentía y algo lo perturbó sin saber qué, un haber llegado antes de llegar, un derecho de ciudad que nadie le había dado. Nunca nos mirábamos a la hora de la música, bastaba con estar ahí en el viejo sofá de cuero y que anocheciera y Lotte Lehmann. Cuando él le buscó la boca y sus dedos rozaron la comba de sus senos, Mireille se mantuvo inmóvil y se dejó besar y respondió a su beso y le cedió durante un segundo su lengua y su saliva, pero siempre sin moverse, sin responder a su gesto de levantarla del sillón, callando mientras él le balbuceaba el pedido, la llamaba a todo lo que estaba esperando en el primer peldaño de la escalera, en la noche entera para ellos.
También él esperó, creyendo comprender, le pidió perdón pero antes, todavía con la boca muy cerca de su cara, le preguntó por qué, le preguntó si era virgen, y Mireille negó agachando la cabeza, sonriéndole un poco como si preguntar eso fuera tonto, fuera inútil. Escucharon otro disco comiendo bizcochos y bebiendo, la noche había cerrado y él tendría que irse. Nos levantamos al mismo tiempo, Mireille se dejó abrazar como si hubiera perdido las fuerzas, no dijo nada cuando él volvió a murmurarle su deseo; subieron la estrecha escalera y en el rellano se separaron, hubo esa pausa en que se abren puertas y se encienden luces, un pedido de espera y una desaparición que se prolongó mientras en el dormitorio Javier se sentía como fuera de sí mismo, incapaz de pensar que no hubiera debido permitir eso, que eso no podía ser así, la espera intermedia, las probables precauciones, la rutina casi envilecedora. La vio regresar envuelta en una bata de baño de esponja blanca, acercarse a la cama y tender la mano hacia el velador. «No apagues la luz», le pidió, pero Mireille negó con la cabeza y apagó, lo dejó desnudarse en la oscuridad total, buscar a tientas el borde de la cama, resbalar en la sombra contra su cuerpo inmóvil.
No hicimos el amor. Estuvimos a un paso después que Javier conoció con las manos y los labios el cuerpo silencioso que lo esperaba en la tiniebla. Su deseo era otro, verla a la luz de la lámpara, sus senos y su vientre, acariciar una espalda definida, mirar las manos de Mireille en su propio cuerpo, detallar en mil fragmentos ese goce que precede al goce. En el silencio y la oscuridad totales, en la distancia y la timidez que caían sobre él desde Mireille invisible y muda, todo cedía a una irrealidad de entresueño y a la vez él era incapaz de hacerle frente, de saltar de la cama y encender la luz y volver a imponer una voluntad necesaria y hermosa. Pensó confusamente que después, cuando ella ya lo hubiera conocido, cuando la verdadera intimidad comenzara, pero el silencio y la sombra y el tictac de ese reloj en la cómoda podían más. Balbuceó una excusa que ella acalló con un beso de amiga, se apretó contra su cuerpo, se sintió insoportablemente cansado, tal vez durmió un momento.
Tal vez dormimos, sí, tal vez en esa hora quedamos abandonados a nosotros mismos y nos perdimos. Mireille se levantó la primera y encendió la luz, envuelta en su bata volvió al cuarto de baño mientras Javier se vestía mecánicamente, incapaz de pensar, la boca como sucia y la resaca del coñac mordiéndole el estómago. Apenas hablaron, apenas se miraban, Mireille dijo que no era nada, que en la esquina había siempre taxis, lo acompañó hasta abajo. Él no fue capaz de romper la rígida cadena de causas y consecuencias, la rutina obligada que desde mucho más atrás de ellos mismos le exigía agachar la cabeza y marcharse de la cabaña en plena noche; sólo pensó que al otro día hablarían más tranquilos, que trataría de hacerle comprender, pero comprender qué. Y es verdad que hablaron en el café de siempre y que Mireille volvió a decir que no era nada, no tenía importancia, otra vez acaso sería mejor, no había que pensar. Él se volvía a Londres tres días más tarde, cuando le pidió que lo dejara acompañarla a la cabaña ella le dijo que no, mejor no. No supimos hacer ni decir otra cosa, ni siquiera supimos callarnos, abrazarnos en cualquier esquina, encontrarnos en cualquier mirada. Era como si Mireille esperara de Javier algo que él esperaba de Mireille, una cuestión de iniciativas o de prelaciones, de gestos de hombre y acatamientos de mujer, la inmutabilidad de las secuencias decididas por otros, recibidas desde fuera; habíamos avanzado por un camino en el que ninguno había querido forzar la marcha, quebrar la armoniosa paridad; ni siquiera ahora, después de saber que habíamos errado ese camino, éramos capaces de un grito, de un manotón hacia la lámpara, del impulso por encima de las ceremonias inútiles, de las batas de baño y no es nada, no te preocupes por eso, otra vez será mejor. Hubiera sido preferible aceptarlo entonces, enseguida. Hubiera sido preferible repetir juntos: por delicadeza perdemos nuestra vida; el poeta nos hubiera perdonado que habláramos también por nosotros.
Dejamos de vernos durante meses. Javier escribió, por supuesto, y puntualmente le llegaron unas pocas frases de Mireille, cordiales y distantes. Entonces él empezó a telefonearle por las noches, casi siempre los sábados cuando la imaginaba sola en la cabaña, disculpándose si interrumpía un cuarteto o una sonata, pero Mireille respondía siempre que había estado leyendo o cuidando el jardín, que estaba muy bien que llamara a esa hora. Cuando viajó a Londres seis meses más tarde para visitar a una tía enferma, Javier le reservó un hotel, se encontraron en la estación y fueron a visitar los museos, King’s Road, se divirtieron con una película de Milos Forman. Hubo esa hora como de antaño, en un pequeño restaurante de Whitechapel las manos se encontraron con una confianza que abolía el recuerdo, y Javier se sintió mejor y se lo dijo, le dijo que la deseaba más que nunca pero que no volvería a hablarle de eso, que todo dependía de ella, del día en que decidiera volver al primer peldaño de la primera noche y simplemente le tendiera los brazos. Ella asintió sin mirarlo, sin aquiescencia ni negativa, solamente encontró absurdo que él siguiera rechazando los contratos que le proponían en Ginebra. Javier la acompañó hasta el hotel y Mireille se despidió en el lobby, no le pidió que subiera pero le sonrió al besarlo livianamente en la mejilla, murmurando un hasta pronto.
Sabemos tantas cosas, que la aritmética es falsa, que uno más uno no siempre son uno sino dos o ninguno, nos sobra tiempo para hojear el álbum de agujeros, de ventanas cerradas, de cartas sin voz y sin perfume. La oficina cotidiana, Eileen convencida de prodigar felicidad, las semanas y los meses. Otra vez Ginebra en el verano, el primer paseo al borde del lago, un concierto de Isaac Stern. En Londres quedaba ahora la sombra menuda de María Elena que Javier había encontrado en un cóctel y que le había dado tres semanas de livianos juegos, el placer por sí mismo allí donde el resto era un amable vacío diurno con María Elena volviéndose infatigable al tenis y a los Rolling Stones, un adiós sin melancolía después de un último week-end gozado como eso, como un adiós sin melancolía. Se lo dijo a Mireille, y sin necesidad de preguntárselo supo que ella no, que ella la oficina y las amigas, que ella siempre la cabaña y los discos. Le agradeció sin palabras que Mireille lo escuchara con su grave, atento silencio comprensivo, dejándole la mano en la mano mientras miraban anochecer sobre el lago y decidían el lugar de la cena.
Después fue el trabajo, una semana de encuentros aislados, la noche en el restaurante rumano, la ternura. Nunca habían hablado de eso que nuevamente estaba ahí en el gesto de verter el vino o mirarse lentamente al término de un diálogo. Fiel a su palabra, Javier esperaba una hora que no se creía con derecho a esperar. Pero la ternura, entonces, algo allí presente entre tanta otra cosa, un gesto de Mireille al bajar la cabeza y pasarse la mano por los ojos, su simple frase para decirle que lo acompañaría a su hotel. En el auto volvieron a besarse como la noche de la cabaña, él ciñó su cuerpo y sintió abrirse sus muslos bajo la mano que subía y acariciaba. Cuando entraron en la habitación Javier no pudo esperar y la abrazó de pie, perdiéndose en su boca y su pelo, llevándola paso a paso hacia la cama. La escuchó murmurar un no ahogado, pedirle que esperara un momento, la sintió separarse de él y buscar la puerta del baño, cerrarla y tiempo, silencio y agua y tiempo mientras él arrancaba el cobertor y dejaba solamente una luz en un ángulo, se sacaba los zapatos y la camisa, dudando entre desnudarse del todo o esperar porque su bata estaba en el baño y si la luz encendida, si Mireille al volver lo encontraba desnudo y de pie, grotescamente erecto o dándole la espalda todavía más grotescamente para que ella no lo viera así como realmente hubiera tenido que verlo ahora que entraba con una toalla de baño envolviéndola, se acercaba a la cama con la mirada gacha y él estaba con los pantalones puestos, había que quitárselos y quitarse el slip y entonces sí abrazarla, arrancarle la toalla y tenderla en la cama y verla dorada y morena y otra vez besarla hasta lo más hondo y acariciarla con dedos que acaso la lastimaban porque gimió, se echó hacia atrás tendiéndose en lo más alejado de la cama y parpadeando contra la luz, una vez más pidiéndole una oscuridad que él no le daría porque nada le daría, su sexo repentinamente inútil buscando un paso que ella le ofrecía y que no iba a ser franqueado, las manos exasperadas buscando excitarla y excitarse, la mecánica de gestos y palabras que Mireille rechazaría poco a poco, rígida y distante, comprendiendo que tampoco ahora, que para ella nunca, que la ternura y eso se habían vuelto inconciliables, que su aceptación y su deseo no habían servido más que para dejarla de nuevo junto a un cuerpo que cesaba de luchar, que se pegaba a ella sin moverse, que ni siquiera intentaba recomenzar.
Puede ser que hayamos dormido, estábamos demasiado distantes y solos y sucios, la repetición se había cumplido como en un espejo, sólo que ahora era Mireille la que se vestía para irse y él la acompañaba hasta el auto, la sentía despedirse sin mirarlo y el leve beso en la mejilla, el auto que arrancaba en el silencio de la alta noche, el regreso al hotel y ni siquiera saber llorar, ni siquiera saber matarse, solamente el sofá y el alcohol y el tictac de la noche y del alba, la oficina a las nueve, la tarjeta de Eileen y el teléfono esperando, ese número interno que en algún momento habría que marcar porque en algún momento habría que decir alguna cosa. Pero sí, no te preocupes, bueno, en el café a las siete. Pero decirle eso, decirle no te preocupes, en el café a las siete, venía después de ese viaje interminable hasta la cabaña, acostarse en una cama helada y tomar un somnífero inútil, volver a ver cada escena de esa progresión hacia la nada, repetir entre náuseas el instante en que se habían levantado en el restaurante y ella le había dicho que lo acompañaría al hotel, las rápidas operaciones en el baño, la toalla para ceñirse la cintura, la fuerza caliente de los brazos que la llevaban y la acostaban, la sombra murmurante tendiéndose sobre ella, las caricias y esa sensación fulgurante de una dureza contra su vientre, entre los muslos, la inútil protesta por la luz encendida y de pronto la ausencia, las manos resbalando perdidas, la voz murmurando dilaciones, la espera inútil, el sopor, todo de nuevo, todo por qué, la ternura por qué, la aquiescencia por qué, el hotel por qué, y el somnífero inocuo, la oficina a las nueve, sesión extraordinaria del consejo, imposible faltar, imposible todo salvo lo imposible.
Nunca habremos hablado de esto, la imaginación nos reúne hoy tan vagamente como entonces la realidad. Nunca buscaremos juntos la culpa o la responsabilidad o el acaso no inimaginable recomienzo. En Javier hay solamente un sentimiento de castigo, pero qué quiere decir castigo cuando se ama y se desea, qué grotesco atavismo se desencadena ahí donde estaba esperando la felicidad, por qué antes y después este presente Eileen o María Elena o Doris en el que un pasado Mireille le clavará hasta el fin su cuchillo de silencio y de desprecio. De silencio solamente aunque él piense en desprecio a cada náusea de recuerdo, porque no hay desprecio en Mireille, silencio sí y tristeza, decirse que ella o él pero también ella y él, decirse que no todo hombre se cumple en la hora del amor y no toda mujer sabe encontrar en él a un hombre. Quedan las mediaciones, los últimos recursos, la invitación de Javier a irse juntos de viaje, pasar dos semanas en cualquier rincón lejano para romper el maleficio, variar la fórmula, encontrarse por fin de otra manera sin toallas ni esperas ni emplazamientos. Mireille dijo que sí, que más adelante, que le telefoneara desde Londres, tal vez podría pedir dos semanas de licencia. Se estaban despidiendo en la estación ferroviaria, ella se volvía en tren a la cabaña porque el auto tenía un desperfecto. Javier ya no podía besarla en la boca pero la apretó contra él, le pidió otra vez que aceptara el viaje, la miró hasta hacerle daño, hasta que ella bajó los ojos y repitió que sí, que todo saldría bien, que se fuera tranquilo a Londres, que todo terminaría por salir bien. También a los niños les hablamos así antes de llevarlos al médico o hacerles cosas que les duelen, Mireille de su lado de la medalla ya no esperaría nada, no volvería a creer en nada, simplemente retornaría a la cabaña y a los discos, sin siquiera imaginar otra manera de correr hacia lo que no habían alcanzado. Cuando él le telefoneó desde Londres proponiéndole la costa dálmata, dándole fechas e indicaciones con una minucia que apenas escondía el temor de una negativa, Mireille contestó que le escribiría. Desde su lado de la medalla Javier sólo pudo decir que sí, que se quedaría esperando, como si de alguna manera supiera ya que la carta sería breve y gentil y no, inútil recomenzar algo perdido, mejor ser solamente amigos; en apenas ocho líneas un abrazo de Mireille. Cada cual de su lado, incapaces de derribar la medalla de un empujón, Javier escribió una carta que hubiera querido mostrar el único camino que les quedaba por inventar juntos, el único que no estuviera ya trazado por otros, por el uso y los acatamientos, que no pasara forzosamente por una escalera o un ascensor para llegar a un dormitorio o a un hotel, que no le exigiera quitarse la ropa en el mismo momento en que ella se quitaba la ropa; pero su carta no era más que un pañuelo mojado, ni siquiera pudo terminarla y la firmó en mitad de una frase, la enterró en el sobre sin releerla. De Mireille no hubo respuesta, las ofertas de trabajo de Ginebra fueron cortésmente rechazadas, la medalla está ahí entre nosotros, vivimos distantes y nunca más nos escribiremos, Mireille en su casita de las afueras, Javier viajando por el mundo y volviendo a su departamento con la obstinación de la mosca que se posa cien veces en un brazo. En algún atardecer Mireille ha llorado mientras escuchaba un determinado quinteto de Brahms, pero Javier no sabe llorar, sólo tiene pesadillas de las que se despoja escribiendo textos que tratan de ser como las pesadillas, allí donde nadie tiene su verdadero nombre pero acaso su verdad, allí donde no hay medallas de canto con anverso y reverso ni peldaños consagrados que hay que subir; pero, claro, son solamente textos.

Julio Cortázar (26/8/1914 – 12/2/1984)

Imagen: a Storm and a Whisper – Curiousmoth

LOS SÁBADOS, PERLAS.

sábado, agosto 24th, 2013

dsc03852COLLAR DE PERLAS…

El té de perlas de dragón Fenix es como una joya. Su método de elaboración es complejo e impecable y se lo considera uno de los más exquisitos tés del mundo.
En primavera, un brote + una hoja de té verde de los árboles de más de 100 años que viven en la región de Fujian, China, se enrollan a mano, en forma de perla y se envuelve, cada una, en papel blanco para ayudarla a mantener su forma. Las perlas se guardan hasta el verano, cuando empieza la temporada de jazmín. Es entonces cuando se perfuman nueve veces con pimpollos frescos de esta flor.
El té resultante, tiene un aroma a jazmín extremadamente sutil, que es liberado en la taza, al abrirse las perlas durante la infusión.

La leyenda del Dragón y el Fénix
Cuenta la leyenda que hace mucho, muchísimo tiempo, había un dragón de jade tan blanco como la nieve, que vivía en una cueva en la roca, en la orilla este del río Celestial y un hermoso fénix dorado, que vivía en el bosque, al otro lado del río.

Al dejar su casa cada mañana, el dragón y el fénix se encontraban antes de ir cada uno por su lado, uno a volar en el cielo y el otro a nadar en el río Celestial. Un día, ambos llegaron a una isla encantada, en donde encontraron una piedrita brillante que los fascinó con su belleza.
-Mira qué hermosa es esta piedra- le dijo el fénix dorado al dragón de jade.
-Vamos a pulirla y darle forma, para que se convierta en una perla- dijo el dragón de jade.
Jasmine_Pearls_-_Loose_Tea_and_Papers

Se pusieron a trabajar la piedra, el dragón utilizando sus garras y el fénix su pico. La pulieron día tras día, mes tras mes, hasta que al final la convirtieron en una pequeña y perfecta esfera. Emocionado, el dragón voló hacia la montaña sagrada, para recoger las gotas de rocío de la mañana y el fénix recogió agua clara del río Celestial, para rociar y lavar la esfera que, gradualmente, se convirtió en una perla deslumbrante.

Ambos se habían hecho tan amigos que ninguno quería volver a su hogar, por lo que se establecieron en la isla encantada, guardando la perla.
La perla era mágica: cada vez que brillaba, todo iba mejor, los árboles se volvían verdes todo el año, las flores de todas las estaciones florecían a la vez y la tierra daba sus mejores cosechas.
Jasmine_Pearls_Handrolling

Un día, la Reina Madre del Paraíso, al salir de su palacio, vio a lo lejos los brillantes rayos que irradiaba la perla. Impresionada por la visión, se propuso poseerla. Envió a uno de sus guardianes, en mitad de la noche, a robársela al dragón de jade y al fénix dorado, mientras dormían. Cuando el guardián volvió con ella, la Reina Madre estaba tan encantada que decidió que no se la mostraría a nadie e, inmediatamente, la escondió en el cuarto más recóndito del palacio, para llegar al cual había que atravesar nueve puertas con cerrojos.

Cuando el dragón de jade y el fénix dorado se despertaron por la mañana, se encontraron con que la perla no estaba allí. Desesperadamente, se pusieron a buscarla por todas partes: el dragón escrudiñó cada rincón del fondo del río Celestial, mientras que el fénix dorado barría cada pulgada de la montaña sagrada, pero todo fue en vano. Continuaron su búsqueda día y noche, con la esperanza de recuperar su valioso tesoro.
Jasmine_Pearls_in_Paper

El día del cumpleaños de la Reina Madre, todos los dioses y diosas del Paraíso fueron a su palacio para felicitarla. Ella preparó una gran fiesta, entreteniendo a sus invitados con néctar y damascos celestiales, la fruta de la inmortalidad. Los dioses y las diosas le dijeron:
-Ojalá que tu fortuna sea tan grande como el Mar del Este y tu vida dure más que la Montaña del Sur-
La Reina Madre estaba emocionada y, con un súbito impulso, declaró:
-Mis queridos amigos inmortales, quiero enseñaros una preciosa perla que no se puede encontrar ni en el Paraíso ni en la Tierra-
Entonces, sacó las nueve llaves de su bolsillo y abrió una por una las nueve puertas. Del más recóndito cuarto del palacio sacó la perla brillante, la colocó en una bandeja de oro y, cuidadosamente, la llevó al centro del salón de baile, que inmediatamente quedó iluminado por sus destellos. Todos los invitados quedaron fascinados por su brillo y la admiraban embobados.
jasmine-flowers

Mientras tanto, el dragón de jade y el fénix dorado continuaban su infructuosa búsqueda, cuando, de repente, el fénix dorado vio su brillo y resplandor de la perla, en la distancia, y llamó al dragón de jade: -Mira, ¿no es nuestra perla?-. El dragón de jade sacó su cabeza del río Celestial, miró y dijo: -Por supuesto que lo es, no hay duda, vamos a recuperarla-.

Volaron hacia la luz, que les condujo al palacio de la Reina Madre. Cuando aterrizaron allí, encontraron a todos los dioses y diosas inmortales apiñados alrededor de la perla, alabándola admirados. Empujando y abriéndose camino entre la multitud, el dragón de jade y el fénix dorado gritaron a la vez:-¡Esta es nuestra perla!-. La Reina Madre se puso furiosa y exclamó:-Tonterías, yo soy la madre del Emperador del Paraíso y todos los tesoros me pertenecen-.
Jasmine-dragon-pearls1

El dragón de jade y el fénix dorado se enfadaron mucho por lo que la reina decía y protestaron: -El paraíso no ha creado esta perla, ni ha nacido de la tierra: fuimos nosotros quienes le dimos forma y la pulimos, nos llevó muchos años de duro trabajo-.

Avergonzada y furiosa, la Reina Madre agarró fuertemente la bandeja y ordenó a los guardianes del palacio que expulsaran al dragón de jade y al fénix dorado pero ellos lucharon con todas sus fuerzas, con la determinación de arrebatarle la perla a la Reina Madre. Los tres pelearon por la bandeja dorada, que, al ser zarandeada en la pelea, salió disparada y con ella la perla, que rodó hasta el borde de la escalera, para luego caer al vacío.
17 Collar de Perlas B

El dragón de jade y el fénix dorado salieron corriendo como una exhalación, intentando evitar que la perla se rompiera en pedazos. Volaron en su búsqueda, hasta que ésta se posó con suavidad en la tierra. Al tocar el suelo, la perla se convirtió, inmediatamente, en un claro y verde lago. El dragón de jade y el fénix dorado no podían soportar la idea de separarse de él y se convirtieron en dos montañas, quedando para siempre al lado del lago.
Desde entonces, la Montaña Dragón de Jade y la Montaña Fénix Dorado permanecen, serenamente, a ambos lados del Lago del Oeste.

FIN

17 Collar de Perlas A
COLLAR DE PERLAS, de DaCha ~Russkiĭ Sekret~, es un té PREMIUM KING GRADE, 100% ORGÁNICO.
Para prepararlo, colocar 4 perlas por taza o 10 por tetera y verter, sobre ellas, agua a 95°C. Esperar 1 o 2 minutos, disfrutando del espectáculo, mientras las perlas se abren. Rinde hasta 3 servicios.

TÉ CENA CON RAY BRADBURY (22/8/1920 – 5/6/2012)

jueves, agosto 22nd, 2013

Qué tempranamente entró Bradbury a mi vida, gracias a mi madre. Hoy, en el aniversario de su cumpleaños, nos mira desde las estrellas (y qué merecido lugar para este extraordinario hacedor de historias).
¿Compartimos, en esta tarde fría, una taza de té caliente y un cuento?
«La máquina voladora» es una historia que considera la naturaleza de la paz y el progreso, en tanto explora, sutilmente, los temas de la responsabilidad personal y política. La historia narra los acontecimientos de un único día y la difícil decisión tomada por un emperador ficticio en la China del Siglo V.
HA_YK
LA MÁQUINA VOLADORA (Ray Douglas Bradbury)
En el año 400 de nuestra era, los dominios del emperador Yuan se extendían junto a la Gran Muralla china y las pacíficas tierras, húmedas de lluvia, eran verdes y los súbditos ni demasiado felices ni demasiado desgraciados. En la mañana del primer día de la primera semana del segundo mes del nuevo año, el emperador Yuan sorbía un poco de té y se abanicaba protegiéndose del calor de la brisa, cuando un sirviente cruzó corriendo las losas rojas y azules del jardín, gritando:
—Oh, emperador, emperador, ¡un milagro!
—Sí —dijo el emperador—, el aire es suave esta mañana.
—¡No, no, un milagro! —dijo el sirviente con rápidas reverencias.
—Y el té tiene muy buen sabor. Esto es ciertamente un milagro.
—No, no, excelencia.
—Déjame pensar entonces… Se ha levantado el sol y estamos en un nuevo día. O el mar es azul. Éste es, sin duda, el más hermoso de los milagros.
—¡Excelencia! ¡Un hombre está volando!
El emperador dejó de abanicarse. —¿Qué?
—Lo vi, en el aire, con alas. Oí una voz que venía del cielo y cuando alcé los ojos, allí estaba, un dragón con un hombre en la boca, un dragón de papel y bambú, del color del sol y la hierba.
—Es temprano —dijo el emperador— y acabas de despertar de un sueño.
—¡Es temprano, pero lo he visto! Venid y lo veréis también.
—Siéntate aquí conmigo —dijo el emperador— Bebe un poco de té. Debe de ser algo raro, indudablemente, ver volar a un hombre. Tienes que pensarlo un tiempo y yo también tengo que prepararme.— Bebieron té.
—Por favor —dijo al fin el sirviente— o el hombre se irá.
El emperador se incorporó pensativamente —Bueno, puedes mostrarme ahora lo que has visto.
Se internaron en un jardín, cruzaron un prado, pasaron por un puentecito, entre un grupo de árboles, y subieron a una colina.
—¡Ahí está! —dijo el sirviente.
El emperador miró el cielo. Y en el cielo, riéndose, tan arriba que uno apenas podía oírlo, había un hombre; y el hombre estaba vestido con papeles brillantes y cañas como alas y una hermosa cola amarilla y volaba de un lado a otro, como el mayor de los pájaros en un universo de pájaros, como un nuevo dragón en una región de antiguos dragones.
El hombre les gritó desde lo alto en los frescos vientos de la mañana. —¡Vuelo! ¡Vuelo!
El sirviente lo saludó con la mano. —¡Sí, sí!
El emperador Yuan no se movió. Miró la Gran Muralla que asomaba ahora entre las nieblas lejanas, sobre las verdes colinas, la espléndida serpiente de piedras que se retorcía majestuosamente a lo largo de todo el país. La maravillosa muralla que los protegía desde tiempos inmemoriales de las hordas enemigas y había preservado la paz durante innumerables años. Vio la ciudad, recogida en sí misma junto a un río, un camino y una loma, que empezaba a despertar. —Dime —le dijo al sirviente— ¿ha visto algún otro a este hombre volador?
—Sólo yo, excelencia —dijo el sirviente sonriendo al cielo, agitando las manos.
El emperador miró el cielo otro minuto y luego dijo: —Dile que baje.
—¡Eh, baja, baja! ¡El emperador quiere verte! —llamó el sirviente con las manos a los lados de la boca.
El emperador miró en todas direcciones mientras el hombre volador bajaba, deslizándose en el viento de la mañana. Vio un labrador que miraba el cielo y se fijó dónde estaba. El hombre alado descendió con un susurro de papeles y un crujido de cañas de bambú. Se acercó orgullosamente al emperador, tropezando con su aparejo, e inclinándose al fin ante el anciano.
—¿Qué has hecho? —preguntó el emperador.
—He volado por el cielo, excelencia —replicó el hombre.
—¿Qué has hecho? —dijo otra vez el emperador.
—¡Acabo de decirlo!
—No me has dicho nada. El emperador extendió una delgada mano para tocar el bonito papel y la quilla depájaro del aparato. Olía a la frescura del viento.
—¿No es hermoso, excelencia?
—Sí, demasiado hermoso.
—¡Es único en el mundo! —sonrió el hombre—. Y yo soy el inventor.
—¿Único en el mundo?
—¡Lo juro!
—¿Algún otro sabe de esto?
—Nadie. Ni siquiera mi mujer, que creería que me ha trastornado el sol. Creyó que yo estaba haciendo una cometa. Me levanté de noche y caminé hasta los acantilados lejanos. Y cuando sopló la brisa de la mañana y se levantó el sol, me hice de coraje, excelencia y salté del acantilado. ¡Volé! Pero mi mujer no sabe nada.
—Mejor para ella, entonces —dijo el emperador—. Vamos.
Regresaron al palacio. El sol estaba alto en el cielo ahora y de las hierbas subía un olor refrescante. El emperador, el sirviente y el hombre volador se detuvieron un momento en el vasto jardín. El emperador golpeó las manos.
—¡Eh, guardias!— Los guardias vinieron corriendo.—Apresad a este hombre.— Los guardias apresaron al hombre alado.—Llamad al verdugo.
—¿Qué es esto? —gritó el hombre alado, sorprendido— ¿Qué he hecho? Se echó a llorar y el hermoso papel del aparato se movió susurrando.
—He aquí un hombre que ha inventado una cierta máquina —dijo el emperador— y todavía nos pregunta qué ha hecho. No lo sabe él mismo. Ha inventado sin saber por qué y sin saber para qué servirá su invento.
El verdugo vino corriendo con una afilada hacha de plata. Se detuvo y se quedó allí, inmóvil, preparados los brazos desnudos y musculosos y la cara cubierta con una serena máscara blanca.
—Un momento —dijo el emperador. Se volvió hacia una mesa cercana donde había una máquina que él mismo había creado. El emperador sacó una llavecita dorada que le colgaba del cuello. Metió la llave en la minúscula y delicada máquina y le dio cuerda y la máquina funcionó. La máquina era un jardín de metal y joyas. En marcha, los pájaros cantaban en pequeños árboles, los lobos se paseaban por bosques en miniatura y unos hombrecitos corrían del sol a la sombra y de la sombra al sol, abanicándose con abanicos diminutos, escuchando menudos pájaros de esmeralda o inmóviles junto a unas fuentecitas susurrantes, aunque increíblemente pequeñas.
—¿No es hermoso? —dijo el emperador— Si me preguntas qué he hecho aquí, puedo responderte. He hecho que unos pájaros cantasen, he hecho que murmurasen unos bosques, he hecho que la gente se paseara entre estos árboles, disfrutando de las hojas, las sombras y las canciones. Eso he hecho.
—¡Pero oh, emperador! —suplicó el hombre alado, de rodillas, con lágrimas que le rodaban por la cara— ¡He hecho algo parecido! He descubierto belleza. He volado con el viento de la mañana. He contemplado las casas dormidas y los jardines. He olido el mar y hasta lo he visto más allá de las montañas. Y me he deslizado en el aire como un pájaro; oh, no puedo decir qué hermoso era estar allá arriba, en el cielo, con el viento alrededor, el viento que soplaba sobre mí ora como una pluma, ora como un abanico y cómo olía el cielo en la mañana. ¡Y qué libre me sentía! ¡Eso es hermoso, emperador, eso también es hermoso!
—Sí —dijo el emperador tristemente— Sé que debe de ser así. Pues sentí que mi corazón se movía contigo en el aire y me pregunté: ¿Cómo será eso? ¿Cómo se sentirá uno? ¿Qué parecerán los lagos desde allá arriba? ¿Y mis casas y sirvientes? ¿Como hormigas? ¿Y las ciudades lejanas que aún no han despertado?
—¡Entonces, perdóname la vida!
—Pero a veces —dijo el emperador aún más tristemente— uno debe renunciar a ciertas pequeñas bellezas si se quiere conservar la que se tiene. No te temo a ti pero temo a otro hombre.
—¿Qué hombre?
—Algún otro hombre que al verte hará una máquina de bambú y papeles brillantes como la tuya. Pero ese otro hombre tendrá una cara malvada y un corazón malvado y la belleza habrá desaparecido. Temo a ese hombre.
—¿Por qué? ¿Por qué?
—¿Quién puede decir que ese hombre, un día, no volará en un aparato de papel y cañas y arrojará grandes piedras sobre la Gran Muralla china— preguntó el emperador. Nadie se movió o habló.
—Córtale la cabeza —dijo el emperador. El verdugo dejó caer el hacha de plata. —Quemad la cometa y el cuerpo del inventor y enterrad juntas las cenizas —dijo el emperador. Los guardias se retiraron a cumplir las órdenes.
El emperador se volvió hacia el sirviente que había visto volar al hombre. —Cierra la boca. Todo fue un sueño. Un sueño muy triste y muy hermoso. Y a aquel labrador que también vio, dile que le pagaré para que piense que fue sólo una visión. Si esto se divulga alguna vez, tú y el labrador moriréis inmediatamente.
—Sois misericordioso, emperador.
—No, no soy misericordioso —dijo el anciano.
Más allá del jardín, vio a los guardias que quemaban la hermosa máquina de papel y cañas, que olía al viento de la mañana. Vio que el humo oscuro subía al cielo. Sólo perplejo y temeroso. Vio que los guardias cavaban un pozo para enterrar las cenizas.
—¿Qué es la vida de un hombre contra la de millones? Debo consolarme con este pensamiento.
Sacó la llave de la cadena que llevaba al cuello y dio cuerda, una vez más, al hermoso jardín en miniatura. Se quedó mirando las tierras que llegaban a la Gran Muralla, la pacífica ciudad, los prados verdes, los ríos y arroyos. Suspiró. En el jardincito susurró la oculta y delicada maquinaria y se puso en movimiento; los hombrecitos paseaban por los bosques, las caritas asomaban en las sombras matizadas por el sol y entre los arbolitos unos brillantes trocitos de canción azules y amarillos, volaban, volaban en aquel pequeño cielo.
—Oh —dijo el emperador, cerrando los ojos— mira los pájaros, mira los pájaros.

MÚSICA INSPIRADORA MIENTRAS CAE LA LLUVIA

martes, agosto 20th, 2013

tumblr_mh2d2cljwV1qc3l3bo1_500
No sé cómo se llama esta canción rusa, ni quienes la cantan. Sólo sé que, después de unas horas de furia contra el manoseo de aquéllos que ejercen distintas formas de plusvalía, pretendiendo obtener ganancias obscenas por la comercialización de buenos productos, comprándolos a precios irrisorios y vendiéndolos al 1000%, siempre me hace bien prepararme un té y sentarme a mirar la lluvia caer, hasta que se me pasa la chinche, escuchando algo como esto.

Para escuchar la música del enlace que aquí abajo les pego, recuerden anular la música de la página, haciendo click donde dice AUDIO OFF, en el margen superior izquierdo de la pantalla.

MÚSICA INSPIRADORA MIENTRAS CAE LA LLUVIA

Tea blends, blends artesanales, blends de té en hebras, té de alta gama, té premium, té ruso, té de samovar, tea shop, té gourmet, latex free tea blends, mezclas de té en hebras libres de látex, té orgánico.

Buenos Aires - Argentina | Tel. 15-6734-2781 - Llámenos gratuitamente | sekret@dachablends.com.ar