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Arte con T

TÉ: UN ESPEJO DEL ALMA (Ópera en tres actos) del talentoso compositor Tan Dun*

sábado, enero 4th, 2014

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«Té -un espejo del alma-» es una ópera en tres actos del mundialmente famoso compositor chino Tan Dun. Utilizando al té como una alegoría de la vida, el amor y la muerte, la ópera trata de un trágico triángulo de amor entre Lan, una princesa de la dinastía Tang, su hermano, el príncipe heredero (cuyo nombre, curiosamente, nunca se nos dice), y el pretendiente de Lan Seikyo, un noble japonés que narra la tragedia, en retrospectiva, a sus compañeros monjes del monasterio al cual se ha retirado.

Sinopsis:

Acto 1: Agua, Fuego
Escena 1
Japón, en los tiempos antiguos. En el interior de un templo en Kyoto. Silencio. Un jardín de té. Como escenografía, papel flotante, pantallas de sombra, instrumentos musicales. Capas de papel con imágenes de vídeojuegos desarmados. Trajes de papel.

Música de agua entrando a bocanadas, con la voz desde la sombra enviando un mensaje de renacimiento. La ceremonia de té japonesa continúa. Es amarga y silenciosa. El Alto monje Seikyo levanta una tetera vacía, pasa un cuenco vacío y, con gusto evidente, saborea un ritual de té vacío: un sorbo, dos, luego la mitad. Monjes cantores le preguntan por qué se deleita con el té de vacío. Seikyo, príncipe de nacimiento, responde que hace diez años se convirtió en monje a causa de su amargo amor…

Escena 2
Diez años antes. ChangAn, la antigua capital de China. Escenas de felicidad de la familia dentro del palacio. Imágenes deconstruidas del palacio se reflejan en las pantallas de papel. La hermosa Lan (la princesa) y su hermano (el príncipe) están realizando para su padre (el emperador) una obra de sombras de títeres de El Rey Mono, la ópera realizada con mayor frecuencia acerca de la leyenda china «Pasión de Buda.»

Seikyo entra, interrumpiendo el espectáculo de títeres. El Emperador lo recibe con sorpresa. Ellos hablan de buenos recuerdos del pasado. Seikyo expresa su deseo de casarse con Lan. Pero el emperador duda y le pide a Seikyo que recite una copla de los poemas de té. El Príncipe expresa su desaprobación con enojo: «nadie destruye a la familia y se lleva a Lan!» Sin embargo, la excelencia en el recitar de Seikyo lleva al emperador a dar su consentimiento para el matrimonio.

Comienza una ceremonia de té chino. Es alegre y colorida. El Ritualista anuncia que un príncipe persa ha llegado y está ofreciendo un millar de caballos a cambio de un libro. Curioso, el emperador le pregunta qué libro podría valer ese precio. El libro del Té, responde el Ritualista; miles de secretos atesorados (del fuego que cruza el agua, Ying y el Yang, las líneas de un mapa de los espacios internos del cuerpo y la mente) llenan este libro de sabiduría. Cuando el emperador pregunta quién tiene el libro, el Príncipe, de mala gana, lo saca de su manga de seda. La lectura del Libro del Té inspira el Emperador; Seikyo, por el contrario, sospecha que este libro es el mismo que uno que le mostró su autor, el sabio del té Luyu, con quien había estudiado el té en el Sur: «El libro es un fraude!». Enojado y celoso, el Príncipe desafía Seikyo: está dispuesto a sacrificar su propia vida, si Seikyo puede mostrarle el «verdadero Libro del Té». Seikyo, asimismo, se compromete a acabar con su vida si él está equivocado. «Una vez dado a tu juramento, ni mil caballos podrán recuperarlo», gritan Seikyo y el príncipe. Lan llora de miedo y tristeza al ver que su amado y su ser querido sellan su destino.

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Acto 2: Papel
Piel desnuda. Primeros planos en las pantallas de papel flotantes. Versión sensual del cuerpo y la silueta, haciéndose eco del terreno ondulado de la naturaleza: un sueño de té sensual y erótico.
El papel, como instrumento musical y conjunto visual, da la sensación de viento. Seikyo, acompañado por la Princesa Lan, viaja al sur en busca del verdadero libro del té, que espera que Luyu le muestre. Él ora para que el sol y la luna disipen la niebla de la tristeza: «con el príncipe apaciguado, la princesa está será más fácil.»
Lan da a conocer a Seikyo una leyenda acerca de cómo fue inventado el té, hace miles de años e introduce el uso popular de dobles sentidos en la elaboración del té chino:
frotando el…
Oolong (dragón negro), se levanta.
apretando la…
Molihuá (flor de jazmín), se abre.
presionando el…
longjing (pozo del dragón), se desborda.

Mientras hacen el amor, cantan: «presente el té, la mujer hizo un arte de vida, el hombre hizo una vida de arte…». La confusión emocional interna contrasta con el aparentemente sereno paisaje externo. Sombras desnudas detrás de la pantalla de papel cantan y se dan un baño de té.

Acto 3: Cerámica, piedras
La música de cerámica y piedras envía un mensaje de destino.
En el sur, Lu, la hija del sabio del té, ofrece una ceremonia de té de estilo ritual chamánico y anuncia la muerte de Luyu, su padre. Seikyo y Lan llegan, demasiado tarde, durante la ceremonia. Sin embargo, la máscara ritual de Lu consiente en darles el Libro del Té sólo con una condición: que se comprometan a difundir su sabiduría en todo el mundo, haciéndolo con una ambición moderada por el amor; esto romperá la maldición de la disputa de Seikyo y el Príncipe. Lu presenta a Seikyo y Lan el libro real de té. Mientras lo leen, temblando de emoción, el príncipe entra como una ráfaga y arrebata el libro a Lan. Una lucha a muerte se desata entre Seikyo y el príncipe. Pero es Lan la que es herida de muerte, apuñalada cuando intenta detener el duelo. Cubierta de sangre, Lan levanta la tetera vacía, pasa los cuencos de té vacíos y las bebe el té de la vacuidad: «morir por aquél que amo, a manos del ser querido…» Dolorido, el emperador canta adiós a su hija con una cita de la obra de títeres que Lan y su hermano una vez ejecutaron para él: «sin ti, la vida es una muerte viviente…» El ambiente es fantasmal. Lu repite las últimas palabras de Lan en el doble sentido taoísta: «después de este té, el hogar -» El príncipe se arrodilla ante Seikyo y le da su espada, proclamando: «conmigo empezó, en mi tendrá fin.» En lugar de matar al Príncipe, Seikyo corta su propio cabello… El canto de los monjes recomienza:
a pesar de que el cuenco está vacío, el aroma resplandece…
a pesar de que la sombra se ha ido, el sueño crece…

Música de agua, de nuevo a bocanadas, llevando un mensaje sin fin de renacimiento. En un jardín de té japonés, el alto monje Seikyo levanta la tetera vacía, pasa los cuencos de té vacíos y saborea, con deleite obvio, el té de la vacuidad: un sorbo, dos, luego la mitad. En el silencio amargo, Seikyo canta una vez más: «saborear el té es lo más difícil…»

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*Tan Dun es un compositor/director conceptual y multifacético que ha dejado una marca indeleble en la escena musical del mundo, con un repertorio creativo que se extiende por los límites de la música clásica, las performances multimedia y las tradiciones orientales y occidentales. Ganadora de los más prestigiosos honores de la actualidad, incluyendo Grammy, Oscar, el premio Grawemeyer a la composición clásica y el premio al compositor musical estadounidense de el Año, la música de Tan Dun ha sido ejecutada en todo el mundo por las principales orquestas, teatros de ópera, festivales internacionales, la radio y la televisión. Como compositor/director, ha dirigido las orquestas más prestigiosas del mundo, incluyendo la Royal Concertgebouw Orchestra, London Symphony Orchestra, Filarmónica de Nueva York, Filarmónica de Berlín, Orquesta de Filadelfia, Orquesta Nacional de Francia, Sinfónica de la BBC, Filharmonica della Scala, Filarmónica de Munich y la Orquesta de Santa Cecilia. Más recientemente, se desempeñó como «Embajador Cultural para el mundo» para la Exposición Mundial de Shanghai 2010.
La voz individual de Tan Dun ha sido escuchada por un público amplio. Su primera Sinfonía para Internet, encargada por Google/YouTube, ha llegado a más de 15 millones de personas en línea. Su Trilogía de música orgánica de los conciertos de Agua, Papel y Cerámica ha frecuentado grandes salas de conciertos y festivales. Su Concierto de Papel se estrenó con la Filarmónica de Los Angeles en la inauguración del Walt Disney Hall. Su obra multimedia, El mapa, estrenada por Yo Yo Ma y la Orquesta Sinfónica de Boston, se ha presentado en más de 30 países de todo el mundo. Su manuscrito ha sido incluido en la galería de compositores del Carnegie Hall. Su teatro de orquesta: La Puerta fue estrenado por la Orquesta de la NHK Symphony de Japón y cruza los límites de la cultura de la ópera de Pekín, la ópera occidental y las tradiciones de teatro de títeres. Otros estrenos recientes importantes son Cuatro Caminos secretos de Marco Polo para la Filarmónica de Berlín y el Concierto para piano «El Fuego» para Lang Lang y la Filarmónica de Nueva York. El Comité Olímpico Internacional (COI) le encargó la Música Logo y la música de la Ceremonia de Premiación de los Juegos Olímpicos Beijing 2008. Sus proyectos actuales incluyen un nuevo concierto para percusión para el solista Martin Grubinger y un Concierto para arpa inspirado en el secreto de la caligrafía nushu de su provincia natal Hunan, China.
Para Tan Dun el matrimonio entre composición e inspiración siempre ha culminado en sus creaciones operísticas. Marco Polo fue encargado para el Festival de Edimburgo; El Primer Emperador con Plácido Domingo en el papel principal, por encargo de la Metropolitan Opera de Nueva York; Té: un espejo del alma, estrenada en el Suntory Hall de Japón ha tenido, desde entonces, nuevas producciones con la Ópera de Lyon, una coproducción de la Ópera de Santa Fe y la Compañía de Ópera de Filadelfia; Peony Pavilion, dirigida por Peter Sellars, ha tenido más de 50 actuaciones en los festivales más importantes de Viena, París, Londres y Roma.

A continuación, un video de la escena de la muerte de Lan. Para escuchar la música, recuerden anular la música de la página, haciendo click donde dice AUDIO OFF, en el margen superior izquierdo de la pantalla.

BORODIN Y BUKOWSKI. EL BIENAMADO Y EL MALQUERIDO. ¿LIMÓN O WHISKY?

domingo, diciembre 29th, 2013

borodin bukowski

Días atrás, compartía con ustedes uno de los poemas más lindos de Bukowski, «Tira los dados» que nos invitaba a apostar a lo que queremos, con todo nuestro ser. Esta madrugada, recién vuelta la luz, les regalé el video con la música divina de Borodin «En las estepas de Asia Central». Dos genios, Borodin y Bukowski. El uno, considerado demasiado bueno, el otro, demasiado malo. Y, como ésta será mi última nota del año, a modo de balance quiero mostrar yin y yang. Ambos artistas me conmueven hasta la médula y no estoy segura de las malas intenciones de Charles al escribir sobre Alexander; en todo caso, su estilo ácido hasta podría ser una defensa, una reivindicación de quien él interpretó como una especie de desgraciado. Entonces, aquí, yo sí quisiera valorar el poema del maldito y echar un poco de luz sobre la vida del que él aparentemente desestimaba y que, analizando su vida y su obra, no hizo otra cosa que «tirar los dados».

Empecemos con el poema:

“la vida de Borodin” de Charles Bukowski

la próxima vez que escuches a Borodin
recuerda que fue sólo un químico
que escribió música para relajarse;
su casa estaba atestada de gente:
estudiantes, artistas, borrachos, pordioseros,
y él nunca supo cómo decir: no.
la próxima vez que escuches a Borodin
recuerda que su mujer usaba sus composiciones
para forrar las cajas de los gatos
o cubrir jarras de leche agria;
ella tenía asma e insomnio
y lo alimentaba a base de huevos pasados por agua
y cuando él quería cubrirse la cabeza
para acallar los sonidos de la casa
ella sólo le permitía usar una sábana;
aparte de que solía haber siempre alguien
en su cama
(dormían por separado si es que dormían
algo)
y como todas las sillas
solían estar ocupadas
él dormía a menudo en las escaleras
arropado con un viejo chal;
ella le decía cuándo cortarse las uñas,
que no cantara ni silbara
ni se pusiera más limón de la cuenta en el té
ni lo exprimiera con la cucharita;
Sinfonía nº 2, en Si menor
El Príncipe Ígor
En las Estepas del Asia Central
él sólo conseguía dormir poniéndose un trozo
de paño oscuro sobre los ojos
en 1887 asistió a un baile
en la Academia de Medicina
vestido con un festivo traje nacional;
por fin parecía excepcionalmente contento
y cuando se desplomó
creyeron que se hacía el payaso.
la próxima vez que escuches a Borodin,
recuerda…

Y ahora, quisiera, antes de emprender la defensa de Borodin, compartirles unos videos con parte de su obra. Estoy segura de que después de escuchar tan maravillosa música, se quedarán con ganas de escuchar más y de conocer la historia del genio que la compuso. Vamos.
[Para escuchar la música de los videos que aquí abajo les pego, recuerden anular la música de la página, haciendo click donde dice AUDIO OFF, en el margen superior izquierdo de la pantalla.]

Muy bien, empecemos diciendo que Borodin, evidentemente, no fue “sólo” un químico, fue un apasionado, un marido amoroso y feliz, un filántropo y un defensor de los derechos de la mujer y su esposa no era tan insensible a la música sino todo lo contrario: una pianista distinguida. La vida del matrimonio era caótica porque Borodin, como profesor y conferencista, viajaba continuamente y cuando estaba en casa, recibía las visitas imprevistas de colegas y alumnos, que lo adoraban. Y su muerte no fue una sorpresa para nadie, ya que, sufría de una afección cardíaca, pero su espíritu optimista lo impulsaba a no abandonar sus actividades; así fue como asistió al gran baile de disfraces de la Academia en 1887, vestido cosaco, con botas altas y camisa roja, y se puso a bailar alegremente, no precisamente lo más recomendable para una persona con problemas del corazón (les cuento esto y recuerdo la última noche de mi viejo querido). Los invito a conocer un poco de la biografía de este médico, químico, compositor, hermoso hombre ruso.

Alexander Porfirievich Borodin nació en San Petersburgo, el 12 de noviembre de 1833. Era hijo ilegítimo del príncipe Luka Stepanovich Gedevanishvili (algunos autores lo nombran, más fácilmente, como Lucas Gedianov), descendiente de los reyes de Imericia (la Cólquida de los griegos, donde se encontraba el vellocino de oro), un reino independiente de Georgia al sur del Cáucaso, entre los mares Negro y Caspio. Su madre se llamaba Eudoxia Konstantinova Antonova, pero la conocían como Dounia: «una mujer hermosa, culta y con independencia económica.»

Cuando Alexander nació, su padre tenía 65 años. La madre, no más de 24 o 25. El padre y la madre de Borodin no estaban casados. Para guardar las apariencias, el niño fue registrado como hijo de uno de los sirvientes de su padre, Porfirio Borodin, que le dio su apellido, lo cual -al parecer- no era algo infrecuente en la Rusia de la época. De hecho, el príncipe debía ser un conquistador irresistible, y a Borodin se le conocen, al menos, dos hermanos de padre con distintas madres, que también llevaban los apellidos de sendos sirvientes del noble conquistador: Dimitri Sergueïevitch Alexandrov y Eugueny Fiodorovitch Fiodorov.

El Príncipe murió cuando Alexander era todavía muy niño; pero le dejó a su hijo una sustanciosa herencia que le permitió vivir sin dificultades económicas. Y Dounia, que contraería matrimonio con un médico militar retirado -aunque, al parecer, nunca dejó de mantener una «íntima amistad» con el padre biológico de Borodin- se ocupó de que recibiera la mejor educación.

Ya de niño, Borodin dio muestras de su gran inteligencia y de estar especialmente dotado para los idiomas (además de su idioma natal, hablaba francés, alemán, inglés e italiano) y para la música: no sólo aprendió a tocar el piano, sino que también ejecutaba con maestría la flauta y el violonchelo; también tocaba el oboe y el clarinete, al igual que varios metales. A la edad de 9 años ya compuso su primera pieza, una polka titulada «Helene», y a los 13 había compuesto un concierto para flauta y piano, así como un trío para dos violines y chelo. Muy pronto, también, manifestó su interés por la química. A los 13 años montó un laboratorio en su casa, donde fabricaba colorantes para acuarelas.

En 1850 ingresó como alumno en la Academía Médico-Quirúrgica, una institución militar, de su ciudad natal. Durante su época de estudiante no dejó de manifestar su especial predilección por la Química (que en aquellos tiempos era materia destacada en las facultades de Medicina), siendo su maestro más importante el profesor Nikolai Zinin (1812-1880), uno de los pioneros de la química orgánica, cuya influencia sería decisiva en la carrera profesional de Borodin. Se graduó como médico en 1856, recibiendo la máxima calificación posible «cum eximia laude». Inmediatamente fue destinado al 2º Hospital Militar, donde inició su ejercicio profesional como médico-cirujano. Allí conoció a un joven y elegante oficial, de familia noble, llamado Modest Petrovich Mussorgsky (1839-1881), compositor de enorme talento musical, aunque su amistad -que duró hasta la muerte de éste- no empezaría, realmente, hasta algunos años después.

Está comprobado que su experiencia como cirujano no le resultó agradable, y no por la naturaleza de su trabajo -como cabría suponer- sino por la brutalidad con que, allí mismo, en el Hospital, los jefes y oficiales imponían disciplina, utilizando el látigo sin justificación posible. Borodin se dedicó a completar su tesis doctoral. La vocación por la química ya estaba definida y el profesor Zinin lo preparaba para que fuera su ayudante en la Academia Médico-Quirúrgica Militar. En 1858 presentó su tesis doctoral «Sobre la analogía entre los ácidos arsénico y fosfórico». Posteriormente, entre los años 1859 y 1862, estuvo en Alemania, Francia e Italia ampliando su formación. Primero en la prestigiosa Universidad de Heidelberg, en los laboratorios de Kirchoff, Bunsen, Kekulé y Erlenmeyer. Allí le acompañaron otros estudiantes rusos, entre ellos Dmitri Mendeléiev (1834-1907), el creador de la famosa «Tabla periódica de los elementos». Luego en París y en Pisa.

En 1861 conoció a una pianista rusa de 29 años: Ekaterina Sergeievna Protopopova, que había llegado a Heidelberg en busca de curación para la tuberculosis que padecía. Para el mejor tratamiento de la enfermedad de Ekaterina, le recomendaron que acudiera a Pisa, donde viajó acompañada por su -ya entonces- prometido, quien continuó sus estudios en los laboratorios de Luca y Tassinari. Regresaron a San Petersburgo en 1862 y Borodin recibió el nombramiento de profesor adjunto de Química; y en abril de 1863 contrajeron matrimonio que -al decir de quienes los conocieron- resultó muy afortunado a pesar de la enfermedad de Ekaterina y de su infertilidad. Al cumplirse el vigésimo aniversario de bodas, Borodin terminó el «Cuarteto para cuerdas Nº 2» (primer video de la serie), y se lo dedicó a su esposa. Había tardado seis años en componerlo.

Borodin y su esposa tomaron como residencia un apartamento al lado del Laboratorio, en plena Universidad. Rimsky-Korsakoff escribió sobre esta época:
«Me volví un frecuente visitante de Borodin; a menudo quedándome hasta la noche en su casa. Discutíamos sobre música a profundidad y él tocaba sus trabajos en curso y también me mostraba los compases de su sinfonía. Él estaba mejor informado que yo del trabajo práctico de la orquestación, dado que tocaba el chelo, el oboe y la flauta. Borodin era un hombre culto y cordial, era placentero y agudo conversar con él. Al visitarlo, a menudo lo encontraba en su laboratorio, adjunto a su departamento. Cuando ponía una retorta llena con algún líquido incoloro y lo destilaba por medio del fuego de un vaso a otro, yo acostumbraba a decirle que estaba haciendo ‘una transfusión de desolación en vacuidad’.»

Como ejemplos de sus trabajos como químico, algunos de ellos aplicados a la clínica, se puede decir que Borodin descubrió el aldol casi simultáneamente con Wurtz, estudió los aldehidos aromáticos, el uso del peróxido de hidrógeno (el agua oxigenada) como desinfectante e inventó un método para la detección de la urea en los análisis de orina. Llegó a publicar 42 artículos científicos. En 1861, asistió al primer congreso internacional de química, celebrado en Karlsruhe (Alemania) y fue uno de los fundadores de la Sociedad Rusa de Química en 1868.

Borodin resultó ser un profesor con enorme vocación docente, siempre atento a las consultas de sus alumnos. Raras veces mostraba impaciencia. Siempre antepuso la atención a los alumnos a todo lo demás, incluso a la investigación, aunque dedicaba a ésta muchas horas del día. Otro profesor de la Academia, decía de él lo siguiente:
«Trabajaba infatigablemente con los estudiantes todos los días. Durante este tiempo Borodin siempre mantenía una disposición solícita y de buen humor con sus alumnos y colegas, estaba siempre dispuesto a interrumpir cualquiera de sus trabajos sin impaciencia, sin irritación, para responder cualquier pregunta que le hiciesen. Cuando trabajaba en el laboratorio se sentía como si estuviera en su hogar. Lo que más adoraba era la música. Cuando trabajaba, casi siempre estaba canturreando alguna cosa y siempre estaba dispuesto a hablar con otras personas sobre las novedades musicales, las tendencias y sobre composición musical. Cuando estaba en su despacho, frecuentemente oíamos el sonido armonioso de su piano, que se expandía por todo el pasillo del laboratorio. El buen humor y la actitud de Borodin nos afectaba a todos. Cualquiera podía ir a contarle sus ideas, preguntas u opiniones; nunca trataba a nadie con arrogancia o desdén. Raramente alguien conseguía provocar alguna demostración de irritación en Borodin. La actitud sincera y calurosa de Borodin con los estudiantes no se restringía al laboratorio. Casi todos los que trabajábamos con él éramos aceptados en su familia como los amigos más íntimos. Se preocupaba personalmente del destino de cada estudiante que se graduaba en la Academia, destinando todos sus esfuerzos para ayudarlo. Siempre que te lo encontrabas en algún acto social no paraba de preguntar por todo el mundo o intentaba conseguir alguna cosa para alguien.»

Sin embargo, como parte de su labor docente, hay que destacar especialmente (y más por la época y en el lugar donde se produjo) su significativa participación en la creación de una Escuela de Medicina para mujeres. Borodin, en unión de Botkin (el primero en describir la hepatitis A), Sechenov, Roudineff y una aristócrata, Mme. Tarnosky, iniciaron la Escuela como Curso de Obstetricia que, en 1872, pasó a ser Escuela de Medicina, donde Borodin era, como es natural, el profesor de química. Dado que el Hospital Militar de San Petersburgo fue la primera sede de la Escuela, en algunas biografías de Borodin se dice que fundó una escuela médico militar de mujeres, aunque no fuera así. La Escuela soportó múltiples dificultades, sobre todo desde que accedió al trono el zar Alejandro III. Borodin consiguió que dejara de depender del Ministerio de Guerra y pasara al de Educación; pero no pudo impedir que, finalmente, fuese clausurada en 1885.

Fue, precisamente, gracias a su labor como profesor de química por lo que Borodin conocería a quien sería el mayor difusor de su obra en Europa, el compositor Franz Liszt (1811-1886). Ocurrió en 1877, en el transcurso de un viaje de Borodin a la localidad de Weimar, entre otras de Alemania, para visitar los laboratorios de distintos hospitales. Volvieron a encontrarse en 1881 y 1885, y se cuenta que, en una de esas ocasiones, se desarrolló el siguiente diálogo. «Yo soy un compositor de domingos, señor Lizt» -decía Borodin, refiriéndose a que sólo se dedicaba a componer en su tiempo libre- y el músico húngaro le contestó: «Pero el domingo siempre es un día festivo, señor Borodin».

Otro ejemplo de que sólo podía dedicar a la composición el tiempo en que no estaba trabajando en sus clases o en su laboratorio lo encontramos en el siguiente texto, que escribió una vez que tuvo que quedarse en casa enfermo de gripe:
«En el invierno yo no puedo componer, a menos de que esté enfermo y me vea obligado a abandonar mis clases. Así que, mis amigos, contrario a la costumbre, nunca me digan ‘trata de estar bien’ sino más bien ‘trata de enfermarte’. Cuando la cabeza me explota, cuando mis ojos están llenos de lágrimas y tengo que sacar el pañuelo a cada minuto, es entonces cuando compongo.»

Musicalmente, en principio, Borodin fue autodidacta. Sólo a partir de 1862 comenzó a recibir clases de Balákirev. Con él, Rimsky-Korsakoff, Mussorgsky, Cui y -por supuesto- Borodin, se formaría el llamado Grupo de los Cinco, cuyo objetivo era crear un arte musical nacional y que tanta fama le ha dado a la música rusa; aunque, ciertamente, también contó con la oposición de muchos… Ellos iniciaron la Academia de Música Libre, dedicada a la educación musical de cualquier persona, en oposición a la Academia de Música de San Petersburgo, entidad “oficial” fundada por Anton Rubinstein y sostenida por el gobierno imperial. Cuando el nacionalismo se extendió por toda Europa, los Poderosos Cinco, junto con artistas y músicos de todo Rusia, buscaron crear un arte y una música que fuera distintivamente rusa, alejándose de las influencias de Europa occidental.

La mayoría de los compositores en San Petersburgo no vivían de la música y siguiendo con esta tradición Borodin mantuvo su trabajo en la Academia Militar de San Petersburgo, incluso después de que comenzó a componer bastante música. Su primera sinfonía fue escrita durante los años 1862 a 1867, siendo estrenada en 1869. La segunda le ocupó desde 1869 a 1876, mientras que la tercera, iniciada en 1882, no quedó completa debido a su muerte. Borodin nunca tuvo tiempo para componer lo que quería. Junto a sus sinfonías escribió música para piano, obras cortas como En las Estepas del Asia Central que recuerda su tierra natal, y una ópera, El Príncipe Igor, que también estaba inconclusa al momento de su muerte. Serían Rimsky-Korsakov y uno de sus alumnos, Alexander Glazunov, quienes completarían la partitura. Y Glazunov también finalizó los dos movimientos que existían de una tercera sinfonía a partir de notas dejadas por Borodin.

El poema sinfónico «En las estepas del Asia central» (segundo video de la serie) es una pequeña obra maestra, escrita en 1880 y dedicada a Liszt que sirvió para acompañar una representación viviente en conmemoración de los veinticinco años de reinado del zar Alejandro II. Se estrenó en 1882 con extraordinario éxito y se puede afirmar, sin lugar a dudas, que cada una de sus notas pertenece enteramente a Borodin, quien describía en el programa de mano del estreno una caravana que atraviesa la estepa «bajo la supervisión del victorioso y terrible Ejército Ruso». Más tarde, la obra sería «desmilitarizada», si bien es cierto que su atmósfera no sugiere con demasiada vehemencia la idea de la guerra.
La forma del Poema Sinfónico En las Estepas de Asia Central es libre y se basa en la hábil combinación de tres temas o motivos: una nota pedal que evoca la línea del horizonte y dos melodías: la primera, extraída de una canción popular rusa y la segunda, tomada de un tema del folclore de Uzbekistán (melodía uzbeka o melodía oriental). En el silencio de las estepas arenosas del Asia Central suena el primer estribillo de una apacible canción rusa. Se pueden oír también los misteriosos y melancólicos sonidos de los cantos orientales, los pasos de los caballos y camellos que se acercan.

Según Gonzalo Castellón: «La reducida producción musical de Borodin alcanza su clímax en su ópera Knyas Igor (El príncipe Igor) y, particularmente, en las archifamosas danzas de los pólovtsy o Danzas Polovtzianas (tercer video de la serie). No existe un episodio de ancestro más nacionalista que esta imborrable mezcla de ritmos, sonidos y sensualidad, que tan pronto llama a la guerra como a la paz. Su desenvolvimiento es literalmente vertiginoso e involucra coro, orquesta y solistas por igual. Borodin amó particularmente esta ópera, que fue su particular legado y a la que dedicó largos veinte años.

El príncipe Igor es el equivalente ruso del Mio Cid o de la Chanson de Roland pues la anónima obra literaria -El canto del príncipe Igor- reúne las características básicas de la canción de gesta. El príncipe Igor es prisionero del Khan Konchack, jefe de la tribu de los Polovtsy, que ha reconocido su rango real. Al propio tiempo, su hijo -el príncipe Vladimir- se ha enamorado de Kontchakovna, hija del jefe tártaro. Sin embargo, cuando al campamento tártaro llegan las noticias de que Poltiole, su ciudad, ha sido saqueada, el Príncipe no duda y se escapa, abandonando a su hijo, quien, mientras tanto, ha decidido casarse con Kontchakovna. Entre grandes manifestaciones de regocijo del pueblo, el príncipe Igor entra en Poltiole y se reúne con su amada princesa Yaroslávna.

El príncipe Igor es, tal vez, la obra más nacionalista de las producidas por el Moguchaya Kuchka («El Gran Puñado», la forma en que el crítico Stasov llamó al «Grupo de los Cinco”). Si bien su lenguaje musical es dialéctico, Borodin mantiene una línea particularmente propia, de gran riqueza melódica. Para retratar las figuras orientales o tártaras, el compositor echa mano al tradicional recurso del cromatismo (intervalos basados en la escala cromática) que dotan a la melodía de un carácter lejano y enigmático.»

Dos años antes de morir, Borodin, se contagió de cólera, y quedó muy debilitado. En 1886 se le diagnosticó angina de pecho. El 27 de febrero de 1887, mientras se celebraba un baile de disfraces en la Academia de Medicina, del cual había sido uno de sus principales organizadores, sufrió un infarto de miocardio. Nada pudo hacerse por salvar su vida a pesar de los intensos esfuerzos de muchos médicos que se encontraban allí.

Borodin se encuentra enterrado en el cementerio Tijvin del monasterio Alexander Nevsky, en San Petersburgo, cerca de la tumba de otros grandes músicos y escritores rusos.
Sus estudiantes mujeres le dedicaron el párrafo siguiente en el monumento que se le erigió en su tumba:

«Al fundador, defensor y guardián de las clases de medicina para mujeres y al amigo de sus alumnos.»

Borodin tiene el menor producto musical con el más alto promedio de excelencia para cualquier compositor en la historia y fue un químico y un maestro extraordinario. Así, vivió y así murió: amado, respetado y contento. A los 53 años. Intensamente. Bailando.

BRINDIS POR UN NUEVO NACIMIENTO

martes, diciembre 24th, 2013

matrioshka DaCha
Poema para ir cerrando el año; un año complejo, bravo, que me tuvo en jaque y me puso a prueba más de una vez y sé que no soy la única que así lo vivió. Y también sé que, a pesar de todos los contratiempos, a pesar de los malos tragos, las caídas, las traiciones, las estafas, la mala leche ajena y los propios errores, hay que seguir apostando a lo que uno quiere, desea y ama. Nada sucede porque sí y estamos aquí para aprender.
Esta noche levanto mi taza por todos los caminos seguidos con amor y pasión. Les agradezco el haber estado allí, compartiendo conmigo, cada noche, mi alma de dacha y les deseo un feliz nacimiento a una nueva oportunidad, a una vuelta más alrededor del sol.

ROLL THE DICE (TIRA LOS DADOS)

Si vas a intentarlo,
ve hasta el final.
De lo contrario no empieces siquiera.
Tal vez, suponga perder novias,
esposas, familia, trabajos y, quizás, hasta la cabeza.
Ve hasta el final.
Tal vez, suponga no comer durante
tres o cuatro días,
tal vez, suponga helarte
en el banco de un parque.
Tal vez, suponga la cárcel,
la humillación,
el desdén,
el aislamiento.
El aislamiento es el regalo.
Todo lo demás sólo sirve para poner
a prueba tu resistencia,
tus auténticas ganas de hacerlo.
Y lo harás
a pesar del rechazo y
de las ínfimas probabilidades,
y será mejor que cualquier cosa
que pudieras imaginar.
Si vas a intentarlo,
ve hasta el final.
No existe una sensación igual.
Estarás sólo con los dioses
y las noches arderán en llamas.

Hazlo, hazlo, hazlo.
Hazlo.

Hasta el final.
Hasta el final.

Y llevarás las riendas de la vida
hasta la risa perfecta.
Es por lo único que vale
la pena luchar.

CHARLES BUCOWSKI

Foto: gentileza de La Pé (la matrioshka, también)

EL HORIZONTE COLOR TÉ

viernes, diciembre 20th, 2013

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A veces, en noches como ésta, me voy ahí. Más allá del Círculo Polar Ártico. Con mi taza de té. Y un poema de Vallejo. ¿Me acompañan? Feliz fin de semana, a todas las dachas del mundo.

TRILCE
Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.

Donde, aun si nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.

Es ese un sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.

Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.

El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquieraparte.

Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.

-Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. -¿Ésta? -No; su hermana.

-No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.

Tal es el lugar que yo me sé.

TÉ PARA AHUYENTAR FANTASMAS

miércoles, diciembre 18th, 2013

img_0809
Tremendo día. Por el clima, en todo sentido. Pero en vez de hablar del calor, de la luz y de política, les regalo un poema de James Nicosia para leer antes de dormir y exorcizar algunos fantasmas. Hasta mañana.

TÉ TIBIO

Subo las colinas y montañas de mi corazón,
donde ecos de ánimas suenan.

En el camino busco la felicidad.
Felicidad, sólida como una piedra.

Ahora Mi felicidad está contigo, en este momento, aquí;
no hay poder en ayeres, mañanas, nada
-sus voces hablan al viento-.

Así que servime tu té;
esta noche, hacelo tibio.

Acercate,
y las viejas ánimas no me encontrarán en casa.

BAÑO DE TÉ

sábado, diciembre 14th, 2013

sam toft tea for three
Terminando la tarde. Old lavender 1932 en la taza blanca, los niños jugando y yo, llenando la bañera como hace tiempo no hacía. Vuelo en mi mente a la Inglaterra de mis bisabuelos, viajo en cada sorbo. Y les dejo esta traducción y el original de un poema perfecto de Sir John Betjeman (1906-1984), en el que pone, en sus propias palabras, el recuerdo de un momento sagrado: una conversación de una pareja de ancianos que entraron a la pequeña tiendita de té de la ciudad de Bath, en la que él se encontraba, tomaron una mesa en un rincón y ordenaron una tetera de té y unos bollitos. Betjeman captó esa intimidad del amor en donde las identidades comienzan a fundirse. La obra que acompaña es de la, también inglesa, dibujante que adoro Sam Toft. Enjoy!

EN UNA TIENDA DE TÉ DE BATH
«No hablemos, por el amor que nos tenemos uno al otro.
Tomémonos las manos y miremos».
Ella, tan común y corriente mujercita;
él, tan enorme sinvergüenza;
pero ambos, por un momento, un poco menores que los ángeles
frente a la chimenea de la tienda de té.

IN A BATH TEASHOP
«Let us not speak, for the love we bear one another —
Let us hold hands and look.»
She, such a very ordinary little woman;
He, such a thumping crook;
But both, for a moment, little lower than the angels
In the teashop’s ingle-nook.

Nota: «un poco menor que los ángeles» – Hebreos 2:7 😉

DOS ARTISTAS. ¿LA MISMA MUJER? II

viernes, diciembre 13th, 2013

modigliani ajmatova

CARTA PENDIENTE PARA ANNA AJMATOVA

Vieja amiga,
cuánto samovar ha sonado entre tú y yo,
cuánta dinastía ha estallado en la larga estepa
por donde nos hemos arrastrado
para, ahora, descubrir
que no sólo erramos el mismo camino
sino que el fin de todos los caminos
tendía a ser el mismo,
con la misma bebida
y los mismos rebaños.
Los que asaltaron la ciudad,
creyendo decidir en buena hora
la herencia de la tierra,
luego volvieron a su sombra
buscando las migajas,
descifrando en una historia
—ya muy antigua—
que aquéllas no eran las señales, al menos todavía,
de esa estación que les dijeron,
sino una primavera inventada por un dios,
inventado a su vez por otros dioses;
que ellos también destruyeron lo soñado
porque no todo era odio de clases
sino también amor,
el inmenso amor de unos
por el sitio de otros.
Que en la mañana del juicio
fueron de nuevo sus espaldas
—aderezadas entonces para el júbilo—
las que soportaron el orgasmo,
porque ellos se quedaron por la puerta del fondo
esperando el hedor de las migajas
(ese acto donde el hombre siempre muere
y es el espectro de su hambre).
Pero tal vez no sea tan tarde, vieja amiga,
porque estamos tú y yo,
tratando de encontrarnos
cuando los colosos
se han aburrido de apedrearse
y necesitan de los labios,
como única manera
de cruzar el precipicio.
Estamos tú y yo, amiga,
tratando de que, por primera vez
en esta historia,
el asesino no regrese
al lugar del crimen,
borrando las huellas
para que, si vuelve,
al menos no recuerde el olor de la víctima

Alexis Castañeda Pérez de Alejo – 1999

RELACIONES SUSTENTABLES VS. RELACIONES DESCARTABLES

jueves, diciembre 5th, 2013

Kintsugi collage bis
«Cuando los japoneses reparan objetos rotos, enaltecen la zona dañada rellenando las grietas con oro. Ellos creen que cuando algo ha sufrido un daño y tiene una historia, se vuelve más hermoso.» B. Bloom(1)
El arte tradicional japonés de la reparación de la cerámica rota con un adhesivo fuerte, rociado, luego, con polvo de oro, se llama Kintsugi. El resultado es que la cerámica no sólo queda reparada sino que es aún más fuerte que la original. En lugar de tratar de ocultar los defectos y grietas, estos se acentúan y celebran ya que ahora se han convertido en la parte más fuerte de la pieza. Kintsukuroi es el término japonés que designa al arte de reparar con laca de oro o plata, entendiendo que el objeto es más bello por haber estado roto.
Llevemos esta imagen al terreno de lo humano, al mundo del contacto con los seres que amamos y que, a veces, lastimamos. ¡Cuán importante resulta el enmendar! Cuánto, también, el entender que los vínculos lastimados pueden repararse con los hilos dorados del amor, y volverse más fuertes.
Aquí les dejo unos cuencos bellísimos para compartir el té y un abrazo.
Gabriela

(1) Barbara Bloom es una artista que se acerca a cuestionar y criticar la naturaleza de la mirada y la construcción de sentido, empleando una variedad de medios de comunicación que incluyen fotografía, libros, diseño gráfico e instalaciones cuidadosamente montadas. Las preguntas que se hace la han llevado a una fascinación por la ausencia, la presencia, y lo invisible -temas que aparecen a lo largo de su obra-. Bloom incorpora, a menudo, el apropiacionismo (de imágenes y objetos encontrados), y por esto, se la asocia con «The Pictures Generation».

En este post, y con la construcción de esta foto, quise hacer un homenaje al té, al kintsugi japonés y a ese Movimiento artístico, que utiliza para crear el producto de la Era de la saturación mediática, en donde todo pasa tan velozmente, todo se mira sin ver, todo es tan descartable.

BLOMSTENE I NYVEIEN

domingo, noviembre 24th, 2013

Flower Perfume
Hermosa tarde de primavera. Hay quienes salen a andar en bicicleta, se van de compras, se trasladan en caravana a los clubes de campo. A mí, nada me saca más las penas que la música y un poco de alquimia. Canto, me curo las heridas, pienso, vuelo con la imaginación, escribo, mezclo hebras, enlato, etiqueto, revivo en las tripas el perfume de las peonías sobre la almohada de Nyveien… El amor que recibí es el amor que entrego cada vez que juego a hacer magia en la dacha. Disfruten de este hermoso fin de semana, preparen y compartan muchas chashki chayu, muchas tazas de té.

~Hagan click sobre la imagen. No se van a arrepentir.~ Perfume de flores, de Piotr Frolov

DEJAME QUE TE CUEN TE

sábado, noviembre 23rd, 2013

chaepitie 3
Noche de té y cuentos en nuestra dacha. ¡Anímense! Lean en voz alta para sus familias, mientras se extingue la última tetera del día. Les dejo un cuento mágico, lleno de secretos, de Marguerite Yourcenar, que nos empuja a descubrir el valor y el poder del arte, y nos hace comprender el escaso valor real de las cosas materiales. Buenas noches a todos y todas.

CÓMO SE SALVÓ WANG-FÔ

El anciano pintor Wang-Fô y su dis­cípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han.

Avanzaban lentamente pues Wang-Fô se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang-Fô amaba la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fô trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su dis­cípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosa­mente la espalda, como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.

Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apo­deraba de la aurora y apresaba el crepúscu­lo. Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había crecido en una casa donde la riqueza abolía las in­seguridades. Aquella existencia, cuidadosa­mente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de los insectos, de la tormenta y del rostro de los muertos. Cuando cum­plió quince años, su padre le escogió una es­posa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo con­solaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir. La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas cada primavera. Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que se ama a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos pro­tege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailari­nas y acróbatas.

Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a Wang-Fô. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borra­cho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel arte­sano taciturno, y aquella noche, Wang habla­ba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadur­narla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas ca­lientes, el esplendor tostado de las carnes la­midas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas por el manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero pe­netró en la habitación. Wang-Fô se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.

Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como Wang-Fô no tenía ni dinero ni mora­da, le ofreció humildemente un refugio. Hi­cieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los charcos inesperados destellos. Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía, sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. En el patio, Wang-Fô advirtió la forma deli­cada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió con arrobo el andar va­cilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sen­tía por aquellos bichitos se desvaneció. Enton­ces, comprendiendo que Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.

Hacía años que Wang-Fô soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, pues­to que no era una mujer. Más tarde, Wang-Fô habló de pintar a un joven príncipe ten­sando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después, Wang-Fô la pintó vestida de hada entre las nubes del poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Des­de que Ling prefería los retratos que le hacía Wang-Fô a ella misma, su rostro se marchi­taba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. Una mañana la en­contraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. Wang-Fô la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas.

Ling vendió sucesivamente sus escla­vos, sus jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta púr­pura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fô estaba cansado de una ciudad en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos, maes­tro y discípulo, vagaron por los caminos del reino de Han.

Su reputación los precedía por los pue­blos, en el umbral de los castillos fortifica­dos y bajo el pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang-Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un perro guardián, y los señores que­rían que les hiciera imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fô como a un sabio; el pueblo lo temía como a un brujo.

Wang se alegraba de estas diferencias de opi­niones que le permitían estudiar a su alre­dedor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.

Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos de juncos. Por la noche, cuando el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang-Fô estaba triste y hablaba de su avan­zada edad, Ling le mostraba sonriente el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang-Fô estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente.

Un día, al atardecer llegaron a los arrabales de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang-Fô un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasi­llos de la posada; se oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos de mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en du­da que venían a arrestarlo y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fô a vadear el próximo río.

Entraron los soldados provistos de fa­roles. La llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su hombro, y, de repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang-Fô, quien no pudo evitar fijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos.

Ayudado por su discípulo, Wang-Fô siguió a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupa­dos, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desespe­rado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar.

Llegaron a la puerta del palacio impe­rial, cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados obligaron a Wang-Fô a franquear innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de una sutileza sobrehumanas y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se pro­nunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. Final­mente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cor­tina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el Hijo del Cielo sentado en su trono.

Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos pertenecía a una exótica especie traída de allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Ce­leste se viera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido ad­mitido en el interior del recinto y hasta se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni rozar siquiera la manga del Emperador.

El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque ape­nas tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero im­pasible como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros y el implacable cielo. A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su iz­quierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.

—Dragón Celeste —dijo Wang-Fô, prosternándose—, soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas; yo no ten­go más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.

—¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —dijo el Em­perador.

Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transforma­ban en glauca como una planta submarina, y Wang-Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si alguna vez había hecho del Em­perador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang-Fô hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arra­bales de las cortesanas y las tabernas del mue­lle en las que disputan los estibadores.

—¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —prosiguió el Emperador, in­clinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para poner­te en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colec­ción de tus pinturas en la estancia más es­condida del palacio, pues sustentaba la opi­nión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los pro­fanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contempla­ba, cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante el día, sentado en una al­fombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono y hueco de la mano surcada por las líneas fa­tales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una pie­dra al caer no puede por menos de con­vertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puer­tas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a lu­ciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me im­piden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis solda­dos me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las Mil Cur­vas y de los Diez Mil Colores. Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso, Wang-Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás podré poseer. Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder salir he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang-Fô, son las dos puertas mágicas que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio he dispues­to que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang-Fô?

Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling se arrancó del cinturón un cuchillo mella­do y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:

—Y te odio también, viejo Wang-Fô, porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro.

Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los servidores se lleva­ron los restos y Wang-Fô, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde.

El Emperador hizo una seña y dos eunucos limpiaron los ojos de Wang-Fô.

—Óyeme, viejo Wang-Fô —dijo el Emperador—, y seca tus lágrimas, pues no es el momento de llorar. Tus ojos deben per­manecer claros, con el fin de que la poca luz que aún les queda no se empañe con tu llanto, ya que no deseo tu muerte sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fô. Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura admi­rable en donde se reflejan las montañas, el estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos, es verdad, pero con una evidencia que sobrepasa a la de los objetos mismos, como las figuras que se miran a través de una esfera. Pero esta pintura se halla inacabada, Wang-Fô, y tu obra maestra, no es más que un esbozo. Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado en un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pa­saba, o en un niño que perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. Wang-Fô, quiero que dediques las horas de luz que aún te quedan a terminar esta pin­tura, que encerrará de esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No me cabe duda de que tus manos, tan pró­ximas a caer, temblarán sobre la seda y el in­finito penetrará en tu obra por esos cortes de la desgracia. Ni me cabe duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán unas relaciones al límite de los sentidos hu­manos. Tal es mi proyecto, viejo Wang-Fô, y puedo obligarte a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras y entonces serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y destruidas sus espe­ranzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta última orden es una conse­cuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y tinta para ocupar tus últimas horas es lo mismo que darle una ramera como limosna a un hom­bre que va a morir.

A una seña del dedo meñique del Em­perador, dos eunucos trajeron respetuosamen­te la pintura inacabada donde Wang-Fô había trazado la imagen del cielo y del mar. Wang-Fô se secó las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba su juventud. Todo en él atestiguaba una frescura del alma a la que ya Wang-Fô no podía aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en la época en que la había pintado Wang, todavía no había con­templado lo bastante las montañas, ni las rocas que bañan en el mar sus flancos des­nudos, ni tampoco se había empapado lo su­ficiente de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fô eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender, sobre el mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante mal, y más que nunca Wang-Fô echó de menos a su dis­cípulo Ling.

Wang empezó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada en una montaña. Luego añadió a la superficie del mar unas pequeñas arrugas que no hacían sino acentuar la impresión de su serenidad. El pavimento de jade se iba poniendo singu­larmente húmedo, pero Wang-Fô, absorto en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua.

La frágil embarcación, agrandada por las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El ruido acompasado de los remos se elevó de repente en la distancia, rápido y ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando, llenó sua­vemente toda la sala y luego cesó; unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos del barquero. Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar los ojos de Wang se había apagado en el bra­sero del verdugo. Con el agua hasta los hom­bros, los cortesanos, inmovilizados por la eti­queta, se alzaban sobre la punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del corazón im­perial. El silencio era tan profundo que hu­biera podido oírse caer las lágrimas.

Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje viejo de diario, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón que no había tenido tiempo de coser aquella ma­ñana, antes de la llegada de los soldados. Pero lucía alrededor del cuello una extraña bufanda roja.

Wang-Fô le dijo dulcemente, mientr­as continuaba pintando:

—Te creía muerto.

—Estando vos vivo —dijo respetuosa­mente Ling—, ¿cómo podría yo morir?

Y ayudó al maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía navegar por el in­terior de una gruta. Las trenzas de los cor­tesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del Em­perador flotaba como un loto.

—Mira, discípulo mío —dijo melancó­licamente Wang-Fô—. Esos desventurados van a perecer si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?

—No temas, Maestro— murmuró el discípulo. Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el Empera­dor conservará en su corazón un poco de amargor marino. Estas gentes no están he­chas para perderse por el interior de una pintura. Y añadió:

—La mar está tranquila y el viento es favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.

—Partamos —dijo el viejo pintor.

Wang-Fô cogió el timón y Ling se in­clinó sobre los remos. La cadencia de los mis­mos llenó de nuevo toda la estancia, firme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron en las depresio­nes del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto.

El rollo de seda pintado por Wang-Fô permanecía sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término. Se alejaba poco a poco dejando tras ella un del­gado surco que volvía a cerrarse sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la barca, pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la barba de Wang-Fô, que flotaba al viento.

La pulsación de los remos fue debili­tándose y luego cesó, borrada por la distan­cia. El Emperador, inclinado hacia delante, con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca de Wang-Fô, que ya no era más que una mancha im­perceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. Finalmente, la barca viró en derredor a una roca que cerraba la entrada a la alta mar; cayó sobre ella la sombra del acantilado; borrose el surco de la desierta superficie y el pintor Wang-Fô y su discípulo Ling desapare­cieron para siempre en aquel mar de jade azul que Wang-Fô acababa de inventar.

(de Cuentos orientales)

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