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Categoria: Té Literario ~ Aguas de primavera | Fecha: noviembre 12th, 2013 | Publicado por Gabriela Carina Chromoy

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 40

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Che, gente, no se rían (no mucho, aunque sea). Casi llegando al final de este capítulo, me dio un ataque de risa pensando en Vicente Rubino… Indifrunden diyeguen, ja! Vamos con el Capítulo 40 y un vaso de Sweet Heather, para equilibrar tanto desparpajo! Hasta mañana, dachas queridas.
AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 40

Esto era lo que pensaba Sanin a la hora de acostarse. Pero la historia no dice nada acerca de las reflexiones que hizo a la mañana siguiente, cuando la señora Pólozov, llamando a su puerta con algunos golpecitos impacientes, dados con el puño de coral de la fusta, apareció en el umbral del cuarto con la cola de su amazona de tela azul oscuro recogida en un brazo, un sombrerito de hombre puesto sobre los gruesos rizos de sus cabellos, el velo hacia atrás, y los labios, los ojos y todo el rostro iluminados por una sonrisa provocativa.

—¡Vamos! ¿Está usted dispuesto? —dijo con voz alegre.

Por única respuesta, Sanin se abrochó en silencio el redingote y tomó el sombrero. La señora Pólozov le clavó una mirada viva, hizo una señal con la cabeza y bajó rápida la escalera. Sanin se lanzó en pos de ella.

Los caballos esperaban ya delante del pórtico. Eran tres: uno alazán dorado, yegua de pura sangre, de cabeza enjuta, ojos negros saltones, patas de ciervo, un poco flaca, pero elegante de formas y ardiente como el fuego, era para la señora Pólozov; el segundo, grande, robusto, de un negro sin mancha, era para Sanin; el tercero para el lacayito. María Nikoláevna montó con ligereza en la yegua, que gallardeó en el sitio, levantó la cola y se encabritó; pero la señora Pólozov, excelente jinete, la dominó. Aún había que despedirse de Pólozov, quien, con su faz inmutable y su flotante bata, había aparecido en el balcón; agitaba un pañuelo de batista, preciso es decir que con un aire poco risueño y hasta enfurruñado.

Montó Sanin, María Nikoláevna saludó a Pólozov con la punta de la fusta y cruzó de un latigazo el cuello arqueado y plano de su cabalgadura. Esta se encabritó, dio un salto de carnero, y después, domada, estremeciéndose, tascando el freno, sorbiendo aire y jadeando, comenzó a andar con paso menudo y firme. Sanin la siguió, mirando a María Nikoláevna, cuyo talle esbelto y flexible, modelado por un corsé que lo dibujaba sin oprimirlo, se cimbreaba con aplomo y gracia. Volvió la cabeza y lo llamó con la mirada. Sanin se le reunió.

—¿Ve usted qué hermosura? Se lo digo ahora, antes de separarnos: “es usted adorable, y no se arrepentirá”.

Apoyó estas últimas palabras con un reiterado movimiento afirmativo de cabeza, como para hacerle comprender mejor su significado. Parecía tan dichosa, que Sanin se quedó absorto. Su cara hasta había tomado esa expresión seria que se advierte en los niños cuando están en el colmo de la satisfacción.

Fueron al paso hasta la próxima ronda; después se lanzaron a trote largo por la carretera. El día era espléndido, un verdadero día de verano; el viento ligero y alegre les acariciaba el rostro, murmurando y silbando en sus oídos. Estaban contentos; se sentían jóvenes, sanos, libres; un ímpetu irresistible se apoderó de los dos, y esa sensación aumentaba por instantes.

María Nikoláevna refrenó su caballo y luego continuó al paso; Sanin siguió su ejemplo.

—Sí, —dijo María Nikoláevna, exhalando un suspiro hondo y feliz —sí, sólo por esto vale la pena vivir: ¡haber logrado hacer lo que se deseaba, lo que se creía imposible, y meterse en ello hasta aquí. —su dedo, rápidamente pasado por la garganta, acabó su pensamiento —¡Y qué buena se siente una entonces! Yo, por ejemplo, ¡qué buena soy… en este momento! Me dan ganas de besar a todo el mundo. ¡No, a todo el mundo no! Mire, por ejemplo, a ese no lo besaría. —y señaló con la fusta a un anciano pobremente vestido que caminaba por la cuneta —Pero estoy dispuesta a hacerlo feliz. ¡Tenga, tome usted! —le gritó en alemán mientras arrojaba a sus pies una bolsita de dinero.

El pesado saquito (entonces no se conocían los monederos) tintineó al chocar contra el suelo. El caminante se detuvo asombrado. María Nikoláevna prorrumpió en carcajadas y puso a su yegua al galope.

—¿Le produce a usted tanta alegría montar a caballo? —le preguntó Sanin cuando la alcanzó.

María Nikoláevna paró de nuevo bruscamente su yegua; no tenía otro modo de pararla.

—Quería evitar que me diera las gracias. Todo mi gozo se viene abajo cuando me agradecen alguna cosa. Porque no lo he hecho por él, sino por mí. ¿Cómo se atreven a permitirse darme las gracias? ¿Me preguntaba usted algo hace un momento? No lo he oído.

—Le he preguntado… quería saber por qué es usted hoy tan feliz.

—¿Sabe usted una cosa? —dijo María Nikoláevna, que no oyó la nueva pregunta de Sanin, o acaso no creyó necesario contestarla —Me fastidia ver trotar detrás de nosotros a ese lacayo. De seguro que sólo piensa en cuándo sus amos regresarán a casa. ¿Cómo nos lo quitaremos de encima? —María Nikoláevna sacó del bolsillo un cuadernito —¿Lo enviaré a llevar una esquela a la ciudad? No, mal remedio. ¡Ah, ya lo encontré! ¿Qué es aquello que se ve allá, delante de nosotros? ¿Un mesón?

Sanin miró en la dirección indicada.

—Creo que sí.

—¡Muy bien! Voy a ordenar que se detenga ahí, y que beba cerveza mientras espera nuestro regreso.

—Pero… ¿qué va a pensar?

—¿Qué nos importa? Pero, ¡bah!, no pensará absolutamente nada: beberá cerveza, y pare usted de contar. Vamos, Sanin, —era la primera vez que lo llamaba así, familiarmente —¡adelante, al trote!

En cuanto llegaron delante de la posada, la señora Pólozov llamó al lacayo y le dio instrucciones. El lacayo, un groom(1) inglés de origen y por temperamento, sin decir una palabra, se llevó la mano a la visera de la gorrita y se apeó del caballo, conduciéndolo de la brida.

—¡Ya estamos ahora libres como los pájaros! —exclamó María Nikoláevna —¿A qué parte nos dirigimos? ¿Al Septentrión, al Mediodía, al Poniente, al Oriente? Mire: soy como el rey de Hungría el día de su coronación. —señalaba con el extremo de la fusta los cuatro puntos cardinales —Todo nos pertenece. No… ¿Sabe una cosa? ¡Mire las hermosas montañas allá lejos, y qué bosque! Vamos allá, arriba, arriba… In die Berge, wo die Freiheit thront. (A las alturas, donde la libertad reina.)

Abandonó la carretera y tomó al galope por un estrecho sendero apenas transitado, que, en efecto, parecía trepar a la montaña. Sanin la siguió al galope también.

(1) En inglés: Mozo de cuadra.

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