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Categoria: Té Literario ~ Aguas de primavera | Fecha: octubre 28th, 2013 | Publicado por Gabriela Carina Chromoy

AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 29

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AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 29

Si Gemma hubiese anunciado que traía el cólera o la misma muerte en persona, Frau Lenore no hubiera acogido la noticia con una desesperación más grande. Se sentó inmediatamente en un rincón, vuelta la cara a la pared, y se deshizo en llanto, casi a gritos, igual que una campesina rusa sobre el ataúd de su hijo o de su marido. En el primer momento, se quedó Gemma tan desconcertada, que no se atrevió a acercarse a su madre y permaneció inmóvil en medio de la pieza, como una estatua. Sanin, aturdido, estaba a punto de llorar también. ¡Aquel dolor inconsolable duró una hora, una hora entera! Pantaleone juzgó lo más oportuno cerrar la puerta exterior de la confitería, por miedo a que alguien entrase; por fortuna, la hora era muy temprana. El viejo estaba perplejo, y en todo caso poco satisfecho de la precipitación con que Sanin y Gemma habían procedido. Desde luego, no estaba dispuesto a vituperarlos, antes se hallaba decidido a prestarles ayuda y protección en caso necesario: ¡odiaba tanto a Klüber! Emilio se tenía por el intermediario entre su hermana y su amigo; faltó poco para que no se enorgulleciese al ver que todo había salido tan bien. Incapaz de comprender por qué se desolaba su mamá, estaba tentado de decidir, en su fuero interno, que todas las mujeres, hasta las mejores, carecen en el fondo del sentido común. Sanin fue, de todos, quien más tuvo que sufrir. En cuanto se acercaba a ella, Frau Lenore lanzaba unos gritos de pavo real y agitaba los brazos rechazándolo. En vano trató Sanin varias veces de decir en alta voz, manteniéndose a una distancia respetuosa:

—¡Pido a usted la mano de su hija!

Frau Lenore no podía consolarse, sobre todo «de haber estado tan ciega para no ver nada».

—¡Si mi Giovanni Battista viviese aún, —decía a través de sus lágrimas —nada de esto hubiera sucedido!

«¡Dios mío!», exclamaba para sus adentros Sanin. «Pero ¿qué es esto? En último término, ¡esto es absurdo!» No se atrevía a mirar a Gemma, quien, por su parte, tampoco osaba levantar la vista hacia él. Se contentaba con acariciar pacientemente a su madre, que había comenzado por rechazarla a ella también…

Al cabo se apaciguó poco a poco la tormenta. Frau Lenore cesó de llorar, permitió a Gemma sacarla del rincón donde se había refugiado, instalarla en una butaca cerca de la ventana, y que le hiciese beber agua con unas gotas de azahar. Permitió a Sanin, no aproximarse —¡oh, eso no!—, sino, por lo menos, que permaneciese en la estancia (antes no cesaba de gritar que se marchase), y ya no lo interrumpió al hablar.

Sanin aprovechó en el acto esos síntomas de sosiego, y desplegó una elocuencia pasmosa: no hubiera sabido expresar sus intenciones y sentimientos con un calor más convincente a la misma Gemma. Sus sentimientos eran los más sinceros, sus intenciones las más puras, como las de Almaviva en El barbero de Sevilla(1). No disimuló a Frau Lenore más que a sí mismo el lado desfavorable de esas intenciones; pero esas desventajas, añadió, sólo existían en apariencia… Era extranjero, lo conocían hacía poco tiempo, no se sabía nada positivo acerca de su persona ni de sus recursos: todo esto era verdad. Pero estaba dispuesto a dar todas las pruebas necesarias para dejar sentado que era de buena familia y poseedor de algunos bienes de fortuna; para ello, sus compatriotas lo proveerían de los certificados más fidedignos. Esperaba que Gemma fuera feliz con él, y se esforzaría en dulcificar para ella la pena de separarse de su familia.

La idea de la separación, la palabra «separación» nada más, estuvo a punto de echarlo todo a perder. Frau Lenore manifestó suma agitación. Sanin se apresuró a añadir que esa separación sólo sería temporal, y que, en último extremo, quizás no se llevase a cabo.

La elocuencia de Sanin no cayó en saco roto. Frau Lenore comenzó a mirarlo con aire de tristeza y de amargura, pero no con la repulsión y la ira de antes; luego le permitió aproximarse y sentarse junto a ella (Gemma estaba sentada al otro lado); después empezó a hacerle cargos, no sólo con la mirada sino con palabras, indicio de que se ablandaba su corazón. Comenzó por condolerse, pero sus quejas se calmaron y se suavizaron poco a poco, cediendo el puesto a preguntas dirigidas, ya a su hija, ya a Sanin; después consintió que él le tomase la mano, sin retirarla al instante; luego volvió a lloriquear, pero esas lágrimas eran muy diferentes de las primeras; después sonrió con tristeza y se dolió de la ausencia de Giovanni Battista, pero en otro sentido muy distinto del de antes. Y no había pasado un minuto, cuando los dos culpables, Sanin y Gemma, estaban de rodillas ante ella, quien les ponía una tras otra las manos sobre la cabeza; un momento después la abrazaban a cuál más, y Emilio, con la faz radiante de entusiasmo, entró corriendo en el cuarto y se arrojó en medio de aquel grupo estrechamente abrazado.

Pantaleone lanzó una mirada a la escena, se sonrió y se enfurruñó a la vez y, atravesando la tienda, fue a abrir la puerta de la calle.

(1) El barbero de Sevilla: Ópera escrita en Roma en 1816, por el fecundo compositor
italiano Gioacchino Rossini.

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