AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 28
Buenas noches, las dachas! Disculpen la demora, ha sido un día muuuuy largo. Afuera llueve y aquí adentro, está ideal para un Pampa India y el Capítulo 28 de Aguas de primavera. Vamos ya, y nos reencontramos el lunes (tiempo de sobra para que se pongan al día).
AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 28
Sanin marchaba, ya al lado de Gemma, ya un poco detrás de ella, mirándola siempre, sin cesar de sonreír. Gemma parecía a la vez apresurarse y contenerse. A decir verdad, ambos, él todo pálido y ella toda encendida de emoción, andaban como entre la niebla. Ese trueque de sus almas que acababan de hacer, producía en ellos una impresión tan nueva y tan fuerte, que casi era penosa: todo había sufrido tal cambio en su existencia, que no podían encontrar el equilibrio. Sólo notaban una cosa: que iban envueltos en un torbellino análogo a aquel otro torbellino nocturno que casi los había arrojado en brazos uno del otro. Sanin, al caminar en pos de ella, sentía que miraba a Gemma con otros ojos; en un instante advirtió, en el paso y los movimientos de ella, muchas particularidades en las cuales hasta entonces no había reparado. ¡Qué adorables y hechiceros le parecían todos esos detalles! Y ella, por su parte, percibía que Sanin la miraba «así».
Ambos amaban por vez primera; todas las maravillas del primer amor se revelaban en ellos. Un primer amor se parece a una revolución. El orden regular y monótono de la vida queda roto y destruido en un momento; la juventud sube a la barricada, hace ondear en el aire su esplendente bandera, y sea lo que fuere lo que le reserve el porvenir, la muerte o una nueva vida, lanza a todo y a todos su llamamiento apasionado.
—¡Mira, se diría que es Pantaleone! —dijo Sanin, apuntando con el dedo una figura embozada que se deslizó rápidamente por una callejuela, como para evitar ser vista.
En el colmo de su felicidad, Sanin experimentaba la necesidad de hablar con Gemma, no de su amor, puesto que era cosa convenida, consagrada, sino de cosas indiferentes.
—Sí, es Pantaleone —respondió Gemma con tono alegre y placentero —Probablemente ha salido a espiarme: ayer, todo el día estuvo siguiéndome los pasos… Algo sospecha.
—¡Algo sospecha! —repitió Sanin con arrobamiento. Por supuesto, con el mismo embeleso hubiera repetido cualquier otra frase de Gemma. Luego le rogó que le contase con detalles todo lo acontecido la víspera.
Al instante comenzó con premura un relato algo embrollado, entremezclando sonrisas y suspiritos, mientras que sus límpidos ojos cruzaban con Sanin miradas furtivas y radiantes. Le contó cómo su madre, después de la conversación de anteayer, había querido obtener de ella algo positivo; cómo a la postre se había separado de Frau Lenore con la promesa de comunicarle su resolución antes de concluir el día; cómo le había costado sumo trabajo obtener ese plazo moratorio; cómo, de una manera enteramente inesperada, había llegado Klüber con más humos y más bambolla que nunca; cómo había manifestado su descontento contra ese ruso desconocido, cuya conducta era imperdonable, digna de un chiquillo y hasta profundamente ofensiva (así decía) para él, Klüber.
—Aludía a «tu» duelo, —advirtió Gemma —y exigía que inmediatamente se «te» cerrase la puerta de esta casa. «Porque, decía él, —y aquí Gemma remedó un poco la voz y los modales del negociante —esto echa una mancha sobre mi honor, ¡como si yo no fuese capaz, también como cualquier otro, de defender a mi novia si lo creyese necesario o simplemente útil! Todo Francfort sabrá mañana que un extranjero se ha batido con un oficial por mi prometida. ¿Cómo puede interpretarse eso? ¡Eso mancha mi honor!» Mamá era de su parecer, ¡figúrate! Pero yo le dije sin rodeos que hacía mal en inquietarse por su honor y por su persona, y en ofenderse por lo que dijesen acerca de su prometida, porque yo no lo era ya, ¡y nunca sería su mujer! A decir verdad, hubiera querido, en primer término, hablar con usted… «contigo», antes de darle las calabazas en regla; pero vino, y no pude contenerme. Mamá prorrumpió en gritos de espanto; yo me fui a otra habitación y le traje su anillo (¿no has notado que desde hace dos días no lo llevo puesto?) y se lo devolví. Se ofendió terriblemente; mas como también tiene un amor propio y una presunción terribles, partió sin darnos la lata. Naturalmente, he tenido que aguantar muchas reconvenciones de mamá; me daba pena verla tan afligida, y me dije que me había dejado llevar muy de prisa por mis prontos, pero tenía tu carta, y además, sabía yo antes…
—¿Que te amo?
—¡Sí, que ya me amabas tú!
Así hablaba Gemma, confusa y sonriente, bajando la voz y aun callándose de pronto cuando alguien pasaba junto a ellos. Sanin escuchaba en éxtasis y admiraba el sonido de aquella voz, como la víspera había admirado el carácter de la letra de Gemma.
—Mamá está que la ahogan con un cabello. —prosiguió la joven, y afluían rápidas las palabras a sus labios —No quiere comprender que Herr Klüber me era odioso; que lo había aceptado, no porque lo amase, sino por acceder a las súplicas de ella… Sospecha de usted… digo de «ti»… o, más bien, para no mentir, está convencida de que yo te amo, y eso la contraría tanto más, cuanto que anteayer aún no se le había ocurrido nada semejante, e incluso, te había encomendado que me hicieses reflexionar… Era una extraña embajada, ¿no es así? Ahora te tilda de hombre astuto y solapado; dice que defraudaste su confianza, y me predice que defraudarás la mía…
—Pero, Gemma —protestó Sanin—, ¿acaso no le has dicho…?
—Nada le he dicho. ¿Tenía derecho a hablar yo antes de haberte visto?
Sanin palmoteó de gozo.
—Gemma, espero que al menos ahora se lo dirás todo y me presentarás a ella… ¡Quiero probarle que yo no engaño!
Mientras decía esas palabras, se henchía su pecho, lleno hasta desbordarse de sentimientos apasionados y generosos. Gemma lo miró de hito en hito.
—¿De veras quieres venir conmigo a casa a ver a mi madre? Ella pretende que… «eso, todo eso»…, es imposible entre nosotros y nunca podrá realizarse.
Había una palabra que Gemma no podía resolverse a decir, aunque le abrasaba los labios. Se apresuró Sanin a pronunciarla.
—Casarme contigo, Gemma; ser tu marido. No conozco en el mundo una felicidad más grande que esa.
No veía límites a su amor, a los nobles impulsos de su alma, a la energía de sus resoluciones.
Al oír estas palabras, Gemma, que había retardado un instante su andar, lo aceleró aún más que antes… Se hubiera dicho que trataba de huir de esa aventura, harto grande y harto inesperada.
Pero, de pronto, le flaquearon las piernas: Herr Klüber, engalanado con un sombrero y un paletot nuevos, flamantes, tieso como un poste y rizado como un perro de aguas, acababa de aparecer a la vuelta de una esquina, en una callejuela, a cinco o seis pasos de ellos. Reconoció a Gemma y reconoció a Sanin. Rezongando por dentro, digámoslo así, e irguiendo el flexible talle, les salió al encuentro, contoneándose con aire descarado.
Sanin vaciló un segundo, pero echó una mirada al rostro de Herr Klüber, quien afectaba un aire desdeñoso y hasta de lástima; miró aquella cara rubicunda y vulgar…, una oleada de ira le subió al corazón, y dio un paso adelante.
Gemma lo tomó con presteza de la mano. Tranquila y resuelta, se aferró del brazo de Sanin, mirando cara a cara a su antiguo novio. Los ojos de éste parpadearon indecisos y se contrajeron sus facciones. Se apartó a un lado, mascullando entre dientes: «¡Así concluye siempre la canción!» (Das alte Ende von Liede!), y se alejó con el mismo paso presuntuoso y saltarín.
—¿Qué ha dicho el majadero? —preguntó Sanin.
Quiso correr tras Klüber, pero Gemma lo contuvo y prosiguió su marcha sin retirar la mano que había pasado bajo el brazo de Sanin.
Apareció ante ellos la confitería Roselli. Gemma se detuvo por última vez, y dijo:
—Dmitri, aún no hemos entrado, aún no hemos visto a mamá… Si aún quieres reflexionar, si… Todavía eres libre, Dmitri.
Por única respuesta, Sanin apretó con fuerza el brazo de Gemma contra su pecho, y la impulsó adelante.
—Mamá, —dijo ella, entrando con Sanin en la estancia donde se hallaba Frau Lenore —¡te traigo a mi verdadero prometido!