AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 27
Buenas noches a todas, dachas del campo y la ciudad! Qué linda noche de primavera! Qué lindas hojas vamos leyendo! Les dejo el Capítulo 27. Kaifeng Imperial, para la sobremesa, no está nada mal.
AGUAS DE PRIMAVERA – IVÁN TURGUÉNIEV – CAPÍTULO 27
A las cinco de la mañana, Sanin estaba ya de pie; a las seis, completamente vestido; a las siete y media se paseaba por el jardín público frente al cenadorcito(1) de que Gemma le hablaba en su esquela.
La mañana era serena, tibia, húmeda. A veces se hubiera jurado que llovía, pero extendiendo la mano se advertía el error, y sólo mirándose la ropa se podía notar la presencia de finas gotas semejantes a menudas cuentas de vidrio; aun así, aquella humedad no duró largo tiempo. En cuanto al viento, como si nunca hubiera existido en el mundo. Los sonidos, más que volar, se expandían en todas direcciones a la vez. Un ligero vapor blanquecino flotaba en lontananza, y el aire estaba saturado del aroma de las resedas y de las flores de la acacia blanca.
En las calles no estaban abiertas aún las tiendas; sin embargo, había ya transeúntes, y a intervalos se oía el rodar de algún coche… En el parque, ni un solo paseante; un jardinero rastrillaba con desgano una senda, y una anciana decrépita, envuelta en un mantón negro, cruzaba cojeando la arboleda. Claro está que Sanin no podía tomar nunca a Gemma por aquella horrible vieja; sin embargo, le palpitó el corazón, y siguió atentamente con la vista la forma oscura que se alejaba.
Dieron las siete en el reloj de la torre.
Sanin se detuvo. «¡Si no viniese!» Tuvo como un escalofrío. Un instante después volvió a estremecerse, pero esta vez por otra causa… Sanin oía detrás de sí un paso menudo y el susurro de una falda… Se volvió: era ella.
Gemma lo seguía por el estrecho sendero. Llevaba un abriguito gris y un sombrerito de color oscuro. Miró a Sanin, volvió la cabeza y se le adelantó con rapidez.
—¡Gemma! —musitó él.
Hizo ella una imperceptible señal con la cabeza, y continuó adelante. La siguió Sanin.
Respiraba anhelante, las piernas se negaban a moverse.
Gemma dejó atrás el cenador, torció a la derecha, bordeó una fuentecita en la que un gorrión se bañaba salpicándolo todo, y se dejó caer en un banco tras una espesura de lilas. El sitio era cómodo y al resguardo de las miradas. Sanin se sentó junto a ella.
Transcurrió un minuto, y ninguno de los dos pronunció una sola palabra. Ella no lo miraba; y él miraba, no su rostro, sino sus dos manos juntas, que sostenían una sombrilla pequeña. ¿Para qué hablar? ¿Qué palabras podrían ser más elocuentes que su presencia en aquel sitio, juntos, a solas, a una hora tan de mañana y tan cerquita el uno del otro?
—¿No se enfadó usted conmigo por eso? —dijo al cabo Sanin. Difícilmente hubiera podido decir nada menos oportuno… Lo comprendía él mismo… Pero, al menos, quedaba roto el silencio.
—¿Yo? —respondió ella —¡No! ¿Por qué había de enfadarme?
—¿Y me cree usted…? —prosiguió él.
—¿Lo que usted me ha escrito?
—Sí.
Gemma bajó la cabeza y no contestó. Se le escapó de entre las manos la sombrillita; pero la tomó con presteza, sin dejarla llegar al suelo.
—¡Ah, créame usted, créame lo que le he escrito! —exclamó Sanin. Toda su timidez había desaparecido; hablaba con calor —Si hay en el mundo una verdad, cierta, sagrada, superior a toda sospecha, es la de que la amo, Gemma; es la de que la amo a usted, apasionadamente.
Ella le echó ella una mirada furtiva, y faltó poco para que otra vez dejase caer la sombrilla.
—Créame, tenga usted fe en mí —repetía suplicante y con las manos extendidas hacia ella, sin atreverse a tocarla —¿Qué quiere usted que haga para convencerla?
Lo miró ella de nuevo, y por fin dijo:
—Dígame usted, monsieur Dmitri, cuando anteayer fue usted a exhortarme, ¿no sabía usted con evidencia… no sentía usted…?
—Sentía —interrumpió Sanin —pero aún no sabía. ¡Yo la amaba a usted desde la primera vez que la vi, pero no comprendí enseguida lo que para mí significaba usted! Y luego, sabía que estaba usted comprometida… En cuanto a la comisión que su madre me encomendó, de pronto, ¿cómo negarme a ella? Y, además, he cumplido esa comisión de tal suerte, que ha podido usted adivinar…
Se dejaron oír pesados pasos. Un hombre bastante robusto, con una cartera de viaje apretada contra el pecho, evidentemente un extranjero, desembocó por detrás de las lilas, y con el desparpajo de un viajero de paso, dejó caer a plomo una mirada sobre la pareja, tosió con estrépito y prosiguió su camino.
—Su madre —continuó Sanin en cuanto hubo cesado el ruido de los pasos —me había dicho que la negativa de usted causaría escándalo —Gemma frunció ligeramente el entrecejo —que en parte había dado yo pretexto para juicios desfavorables, y que, por consiguiente, hasta cierto punto, estaba yo obligado a exhortarla a usted a que no rechazase a su futuro Herr Klüber.
—Monsieur Dmitri, —dijo Gemma, pasándose con lentitud la mano por los cabellos del lado que estaba Sanin —se lo suplico: no llame usted a Herr Klüber mi futuro… Nunca seré su mujer: me he negado.
—¿Lo ha despedido usted? ¿Cuándo?
—Ayer.
—¿Se lo dijo usted a él mismo?
—A él mismo, en casa… Volvió a presentarse.
—Gemma, entonces ¿me ama usted?
Se volvió ella de cara hacia él y murmuró:
—Si así no fuera, ¿estaría yo aquí?
Y sus dos manos abiertas cayeron sobre el banco.
Sanin se apoderó de ambas manos inertes y las apretó contra sus ojos, contra sus labios… ¡El velo que había visto la víspera en sus sueños se levantaba! ¡Aquella era la dicha, su faz resplandeciente!
Alzó la cabeza, y miró a Gemma a los ojos, con atrevimiento. Ella también lo miró un poco fija. Apenas brillaban sus ojos semiabiertos, ligeramente húmedos con lágrimas de placer. No sonreía… se reía con una risa muda y dichosa.
Quiso él atraerla hacia su pecho; ella se desprendió, sin interrumpir su muda risa moviendo la cabeza con ademán negativo. «¡Espera!», parecían decir sus ojos arrobados.
—¡Oh, Gemma! —exclamó Sanin —¿Podía yo pensar que tú… —su corazón vibró como la cuerda de un arpa, cuando sus labios pronunciaron ese «tú» por vez primera —que tú me amarías?
—Yo misma no lo esperaba —dijo Gemma en voz baja.
—¿Podía yo pensar —continuó Sanin —al llegar a Francfort, donde sólo pensaba permanecer unas cuantas horas, que había de encontrar aquí la felicidad de toda la vida?
—¿De toda la vida? ¿De veras?
—De toda mi vida, ¡hasta el último instante! —exclamó Sanin en un nuevo arrebato.
De pronto, a dos pasos de su banco, se dejó oír el ruido de la pala del jardinero.
—Volvamos a casa; —murmuró Gemma —entremos juntos. ¿Quieres?
Si le hubiese dicho en aquel momento «¡Arrójate al mar! ¿Quieres?», se hubiera tirado de cabeza al abismo, antes de que ella hubiese concluido la última palabra.
Salieron juntos del jardín y se encaminaron a casa, dando un rodeo por extramuros.
(1) Cenadorcito: Espacio casi siempre redondo que suele haber en los jardines, cercado y vestido de plantas trepadoras, parras o árboles.